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2 de julio de 2020

Las formas del tiempo

Pasa el tiempo, las horas, los días, los meses. Inmóvil, lo veo escabullirse por los rincones. Tiene forma de telarañas, de hojas secas, de manchas de humedad, de polvo cubriendo los muebles, del canto de los pájaros, de la descomposición de la carne, de la vida minúscula que recorre las superficies, del fétido olor que de un momento a otro desaparece, de los impuestos amontonándose en la entrada, de los golpes a la puerta cada vez más espaciados de los vecinos, de los huesos que ya se notan debajo de la piel.
Tarde o temprano, la tirarán abajo y allí me encontrarán. Distraído, observando escapar al tiempo, ajeno al presente, distanciado del pasado.

30 de junio de 2020

Modas virales

La última moda en las redes sociales era sacarse una foto con solamente un barbijo cubriendo las partes íntimas.
De un día para otro las únicas imágenes que se veían eran cuerpos desnudos con un pedacito de tela ahí abajo. Los moderadores de las redes en vano trataron de impedir la propagación del desafío viral.
Pero como toda moda, y más en estos tiempos vertiginosos, ya pasó. Ahora el reto es la foto totalmente vestidos, con una parte íntima al aire. 
Es difícil precisar cuál de las dos tuvo más exito. Aunque más difícil todavía es imaginar el próximo desafío.

29 de junio de 2020

Cervecero

Necesitaba un pasatiempo que al mismo tiempo le fuera práctico. Había probado con varias cosas: salir a correr, modelismo, guitarra, troll en redes sociales, pero nada lo convencía. Hasta que se sumergió en el mundillo de la cerveza artesanal. 
No solo le gustó, ocupó su tiempo libre y le dió una excusa para tomar cerveza junto a sus amigos, sino que reveló en él una faceta que no conocía, que era la imaginación para crear sabores.
Tras probar las variedades tradicionales, comenzó a experimentar: frutales, con chocolate, con leche, frutos secos. Luego fue por el lado de las legumbres y verduras. La de remolacha fue un éxito. Pero no conforme, buscó otros horizontes para el paladar. Primero hongos, luego carnes, comidas caseras (la de canelones ganó varios premios) y cuando parecía que había alcanzado un techo, descubrió el mundo de los sólidos: ladrillos, rocas, calefones, cartón corrugado, hierro, acero, aluminio.
Actualmente está experimentando con oro y diamantes, para un jeque árabe. Lo cierto es que cuando le preguntan cuál es la que más le gusta, responde siempre lo mismo: la que aún no cociné.

28 de junio de 2020

Tecnología

Desde no hace mucho hay aplicaciones en el celular para calcular el horario en el que pasa el colectivo. Esto, según Mateo, le ha quitado sustancia a la vida. Ya no hay riesgo de llegar corriendo y perderlo por metros, o de estar esperando una eternidad pensando en mil cosas y nada al mismo tiempo con esa premonición casi siempre errónea de que el bondi cambió el recorrido y uno no se ha enterado.
Solo basta organizarse, mirar con antelación en la aplicación y salir con el tiempo necesario. La aplicación mató el riesgo, el sentido de la aventura.
Por eso reniega tanto Mateo de la tecnología. Hasta va más allá y muestra su contrariedad para con el día en el que ni siquiera uno tenga que salir de su casa para trasladarse hasta otro lugar.
Fastidiado, termina siempre de la misma manera sus discusiones: "Hasta dónde vamos a llegar, hasta dónde. Vamos a convertirnos en esclavos de la tecnología... si es que ya no lo somos". 

27 de junio de 2020

Hipótesis

Inventé una historia, totalmente inverosímil. Muy grotesca, burda, tonta. Cualquiera que la escuchara, se reía o se enojaría, por las barbaridades que decía, involucrando además, a personas de la ciudad. Pero no se la conté a nadie. En cambio, con un programa de diseño, la preparé como si fuese una noticia publicada en un diario. Luego imprimí el recorte y le tomé fotos. Finalmente la compartí en varios grupos. Para la noche, todo el mundo daba por sentado que aquella historia era real.
No importa lo que dijera, cómo lo desmintiera, era mayor el poder de destrucción de una mentira que el de reparación de mil comunicados posteriores. Y no era necesario que pusiera a prueba la hipótesis. La historia estaba repleta de ejemplos.

26 de junio de 2020

Alimento perfecto

Todo lo que comía le caía mal. Comenzó a dejar los fritos, el alcohol, luego las comidas muy calóricas, los azúcares, las harinas, los lácteos, las carnes, los procesados, todo lo que tuviera químicos. Pero seguía sintiéndose mal. Dejó las legumbres, las verduras, y finalmente las frutas.
Ya sin opciones para comer, con mucha bronca, le dió un mordisco a un libro. Muy para su asombro, lo notó exquisito. Era una edición ilustrada de Los viajes de Gulliver. Se lo devoró en pocos minutos. De postre comió el tomo uno de Mafalda.
Desde entonces, no tiene problemas digestivos. Salvó, quizá, cuando prueba algún libro de política o de autoayuda. Y lo que más le gusta es que ahora va a comprar la comida en librerías de saldo. Eso sí, de tanto en tanto se da un gusto y cena en la librería de algún shopping de moda.

24 de junio de 2020

Lucidez

En sus últimos días había perdido la lucidez. Cada tanto volvía a ser el de siempre pero eran pequeños destellos en una cada vez más pronunciada desmejoría.
Olvidaba nuestros nombres, los recuerdos más próximos y evocaba situaciones que nunca habían ocurrido o totalmente deformadas. La realidad que había conocido se disolvía en la fragilidad de su cuerpo, en la aterradora sombra de la muerte que cada vez acechaba más cerca.
Aquella tarde, preocupado, me dijo que había olvidado su avión fuera del hangar. Apreté su mano y reprimiendo un suspiro de resignación, le dije que no se preocupara, que nadie le robaria un avión. Sonrió y descansó.
Fue más tarde que nos dejó. Entre la burocracia de los papeles, el velatorio y todos los ritos de rigor, volví a casa dos días después. Pensé que el cansancio me jugaba una mala pasada, pero no. Aún no puedo mover el avión del frente de casa y el municipio amenaza con multarme por interrumpir el tránsito en la calle.

22 de junio de 2020

Acromatopsia

Una afección de muy pequeña provocaba que todo lo viera en matices blancos, negros y grises. No conocía los colores ni podía imaginarlos. Los demás lo comparaban con vivir en una película filmada antigua. Para ella, era su realidad, su forma de conocer el mundo. No podía, tampoco, extrañar lo que no podía entender.
Le preguntaban mucho sobre eso, porque era una pintora muy famosa. Sus cuadros eran maravillosos y el color resaltaba de una manera pocas veces visto. ¿Cómo podía lograrlo? la interrogaban una y otra vez. Tan solo sonreía, pero nunca respondía. 
Para ella no era tan difícil, solo debía cerrar los ojos y dejarse llevar. El diablo cumpliría el resto del pacto.
"Cuando sea grande, quiero ser la pintora más famosa del mundo" dijo a los tres años en aquella habitación oscura. Una voz le respondió: "Deseo concedido, pero en lugar de tu alma, me llevo tus colores".

21 de junio de 2020

En la isla

Cada mañana la embarcación partía hacia la isla llevando alimentos, elementos de limpieza, ropa y algunos niños que cruzaban el río para asistir a la escuela.
Retornaba por la tarde, aligerada de peso, solo con los niños después del día de clases.
Los días de tormenta no salía, y si el clima cambiaba durante la jornada, no volvía y los pequeños dormían en las instalaciones del colegio isleño. 
Una lluvia los obligó a quedarse, cómo tantas otras veces. Pero esta vez llovió una semana seguida. Emprendieron el regreso tras la séptima tarde en la isla. 
Volvían contentos, pero al llegar a la costa, la ciudad ya no estaba.

20 de junio de 2020

Sirenas

Cada vez que suenan las sirenas de la policía, de los bomberos o de alguna ambulancia, se me paraliza el corazón. Es como que se activa un proceso en mi cuerpo, poniéndose tenso hasta el último músculo. Y la atención se fija en el teléfono, porque - pienso - en cualquier momento va a sonar y una voz desconocida me va a informar de alguna desgracia.
Hoy las escuché una vez más, tan fuertes, tan cercanas, que me obligaron a abrir los ojos bien grandes. Busqué el teléfono, casi a ciegas, mientras el cuerpo se convertía en un bloque de nervios. 
Comprendí entonces que no podía hacer un solo movimiento, apretujado entre los hierros retorcidos del coche. El teléfono no iba a sonar. Las sirenas venían por mí.

19 de junio de 2020

Corte y confesión

Varias veces estuvo a punto de confesarle su pasatiempo a sus clientes. No a todos, claro, sino con aquellos que más confianza había ganado en sus años de profesión. 
La tijera y la navaja, dos elementos cortantes y si se quiere, mortales, crean un vínculo que otras profesiones no tienen. Ser peluquero requiere responsabilidad. Un peluquero que se pianta corta una garganta de lado a lado. El vínculo es de entrega entre uno y el otro. Por eso estuvo a punto, y sin embargo, no se animó. 
Cuando cierra el local, barre todos los cabellos y los mete en una bolsa. En su casa, más tarde, los separa por color y tonalidad. Luego agarra alguno de los tantos  gatos que tiene drogados y con minuciosa precisión, empieza a injertar sobre la piel los cabellos de sus clientes, para transformarlo en una especie de león en miniatura y sumarlo a su colección de monstruos salvajes que tanto lo llenan de felicidad.

18 de junio de 2020

Soñador

De chiquito soñaba con tener una espada. Quizá por eso terminó trabajando en una carnicería, manejando una cuchilla enorme con la que podía hacer los cortes fácilmente.
También soñaba con atravesar mil peligros y rescatar de las garras de un poderoso enemigo a su amada princesa, casi siempre encerrada en un castillo. Por eso quizá cada tarde cruzaba las vías y se mandaba para el otro lado del pueblo, dónde no era visto con buenos ojos, para visitar a su novia.
Claro que lo que siempre deseó, más que nada, fue derrotar a un dragón furioso. Es probable que sea la causa que lo llevó a cortarle la cabeza al padre de su novia valiéndose de su enorme cuchilla, cuando lo descubrió metiéndose a hurtadillas por la ventana.
Ahí anda ahora, prófugo en otros reinos.

17 de junio de 2020

Un cumpleaños

El hombre llevaba un sobretodo marrón bastante desgastado y una bufanda que le daba dos vueltas al cuello y le cubría la mitad del rostro. Las arrugas que se dejaban ver delataban el paso del tiempo.
- Deme un whisky - dijo - Es mi cumpleaños.
Detrás del mostrador doña Berta lo miró y con cierta incomodidad le hizo notar una obviedad, al menos para ella.
- Esto es una tintorería.
El hombre miró a su alrededor.
- Entonces deme lo más fuerte que tenga.
- Tengo un quitamanchas importado, muy bueno.
- Deme un vaso y déjeme la botella.
Se acodó en el mostrador y en quince minutos se bebió casi todo el líquido. Pagó en efectivo y dejó una buena propina. Cuando se iba, doña Berta le deseó feliz cumpleaños. Al hombre se le llenaron los ojos de lágrimas. Devolvió el saludo inclinando la cabeza.
Doña Berta pasó un trapo sobre el mostrador y sirviéndose el culito que había quedado en la botella dijo en voz alta "cada loco con su tema" y tras elevar el vaso en un brindis ficticio apuró la bebida con resignación. 

16 de junio de 2020

Casa con escalera

En la calle en la que vivo hay una vivienda que no tiene ni puertas ni ventana, tan solo un buzón para el correo y una escalera que sube al techo.
Jamás he visto a nadie salir ni entrar. Pero si he notado que le han despachado cartas y facturas de servicios en el buzón. Ya estaba cuando me mudé, hará un año. Le pregunté a algunos vecinos, pero solo sonríen y cambian de inmediato de tema.
Una noche esperé a que no anduviera nadie por la calle y fui hasta la escalera. Subí y me detuve de golpe. Allí arriba no había techo, tan solo un abismo enorme. Una ráfaga de viento casi me hizo perder la estabilidad. Temblando, me alejé corriendo. Ahora, cuando alguna visita me pregunta por esa casa, sonrío y le cambio de tema.

14 de junio de 2020

Diez años


Diez años que no lo veía, diez largos años. Un amigo entrañable, pero por esas cosas de la vida nos perdimos el rastro. Y hoy, en la calle, nos vimos. Al mismo tiempo, con esas casualidades que llevan a la risa y la evocación de viejos tiempos.
Y me pregunta si aún dibujo y me alegro que recuerde eso de mí. Le respondo con alegría que sigue siendo mi pasatiempo aunque sueño con la utopía de vivir de ello. Espero una aprobación, un chiste, algo, menos lo que sucedió.
Sacó de su mochila tres cuadernos escritos a mano: "Mi novela gráfica y la vas a dibujar vos". Y quizá vencido por la nostalgia, la resignación de la amistad, la falta de carácter de mi parte, le dije que sí.
Y acá estoy, con la idea de cortarme las venas con un lápiz, pero dibujando velozmente, tratando que estas doscientas páginas que tengo por delante, pasen volando. Como esos diez años sin vernos.

13 de junio de 2020

Búho

El búho me miraba con recelo. Una mirada penetrante, de mal augurio. Me vinieron a la memoria cuentos de mi abuelas, en dónde las lechuzas y los búhos eran fieles sirvientes de brujas y hechiceros. Me recorrió un frío por todo el cuerpo.
El búho, sin embargo, seguía inmóvil en su lugar, clavándome sus ojos enormes como si tratara de atravesarme. Me debe haber bajado la presión, porque por unos segundos sentí que una bruma negra me rodeaba. En cualquier momento se abalanza sobre mí, pensé al borde de la histeria. Pero resistí, recobré el ritmo en la respiración y traté de mover las piernas.
La mano sobre el hombro me sobresaltó. Creo que hasta grité. Mi novia largó una carcajada y dijo:
- ¿Vas a pasar al patio a conocer a mis viejos o te vas a quedar toda la tarde mirando ese feo búho de adorno?

12 de junio de 2020

Té bien caliente

No le gustaba el té tibio. El agua tenía que hervir y la pava lanzar chorros de vapor por el pico y levantar la tapa al menos medio centímetro. Solo así, el té era té. 
Tenía la boca acostumbrada y no se quemaba. Sin embargo, a sus visitas les advertía que debían esperar al menos cinco minutos para comenzar a beberlo. Lapso para el cual ella ya se había tomado el suyo.
Sin embargo, a Etelvina decidió no avisarle. Le había molestado que le criticara una foto en Instagram y sin dudarlo la invitó a tomar el té. Incluso, dejó hervir el agua mucho más de lo que acostumbraba.
Con solo el primer sorbo, a Etelvina le desapareció la mitad del rostro. Igual, no sintió mucho dolor. Una vez en el piso, la remató con la punta de un paraguas. 

11 de junio de 2020

Femme fatale

El auto rojo estacionó delante de nosotros. Se bajó la ventanilla y se asomó una pelirroja. Nos hizo señas, pero solo el Pelado se acercó. Cruzaron unas palabras que nos fueron ajenas y de inmediato se subió al auto.
Cuando lo volvimos a ver, dos años después en un bar, tenía abundante cabellera y se había tatuado un auto rojo en el brazo. Nos acercamos para charlar pero nos cortó el rostro. También vimos a la pelirroja, del brazo de otro flaco. Al vernos nos sonrió y guiñó un ojo.
El Zurdo casi cae en su embrujo, pero lo paramos a tiempo. Fue el Chino el que se dió cuenta que su reflejo en el ventanal que daba a la calle la mostraba tal como era: alta, esquelética, de cuernos prominentes y una larga cola terminada en punta.

10 de junio de 2020

Un relato del futuro

Una tarde, jugando con los filtros de la cámara de su celular, fotografiando desde la ventana de su habitación, le hizo una instantánea al diablo.
Se lo veía con claridad, entre un canasto para la basura y el poste que señalaba la parada del colectivo urbano. O al menos, era lo que ella decía.
Todos reían al ver la imagen. Y replicaban lo mismo: ¡Es solo un hombre con traje y un maletín!
Sintió angustia durante muchos meses, al no poder convencer a nadie de lo que había fotografiado. Hasta que fue demasiado tarde. Las paredes de la ciudad aparecieron de un día a otro empapeladas con la imagen del hombre: "Votá a Samael Mussimeni". 
Lo que pasó luego, ya todos lo saben.

8 de junio de 2020

Derrota

La explosión nos dejó aturdidos. Las esquirlas siguieron cayendo varios minutos después. Las llamas, las cenizas, el humo, nos envolvían como un torbellino.
Buscamos en el exterior algo de oxígeno, pero el aire estaba tan espeso y viciado como en el interior. Fue entonces que las vimos.
Enormes maquinarias metálicas tan altas como un edificio, sostenidas por soportes flexibles en forma de piernas, avanzando por la ciudad, destruyendo lo que aún no estaba en ruinas.
Busqué a mis compañeros alrededor pero no se veía a más de un metro.  Escuché gritos y también detonaciones menores: estábamos contraatacando. Pero no podríamos resistir mucho más. Apreté los dientes y asumí el final. Oprimí el botón de reset en mi casco virtual.
- ¡Esteban, qué ortiva - me dijo Alejandro, quitándose con bronca el equipo 3D - aún podíamos combatir un poco más!
No le contesté. Nuestra suerte estaba echada.

7 de junio de 2020

El Capitán

Un amigo juntó sus ahorros, se compró una casa rodante y salió a recorrer el mundo. 
Antes de irse me prometió una postal de cada frontera que cruzara. Sería, además, su manera de mantenerse en contacto porque odiaba las computadoras y celulares.
Cada dos o tres meses el correo golpeaba mi puerta. Las postales eran fotografías que él mismo tomaba y venían acompañadas de breves textos escritos a mano en el reverso. Pequeños comentarios, indicios del lugar donde la había tomado. Y firmaba siempre igual: "Hasta la última frontera no paro, su amigo El Capitán".
Tengo una caja con más de doscientas postales. Se pueden dar una dimensión del viaje de mi amigo y del tiempo que no le doy un abrazo. Dudo incluso, que alguna vez vuelva a verlo. La postal de esta mañana me ha tomado por sorpresa. El terreno colorado, las mesetas de fondo y un mensaje tan escueto como revelador: "Marte, la frontera que me faltaba. Su amigo, El Capitán".

6 de junio de 2020

Piano 4 AM

En casa hay un piano que cada noche, a las cuatro de la madrugada, suena solo. No importa si las teclas están bajo la tapa. El sonido resuena en toda la casa, asciende por el hueco de la escalera y penetra en la habitación. 
Antes, cuando era niño, aquello me ponía los pelos de punta y ya no podía dormir. Logré acostumbrarme en plena adolescencia. Si le preguntaba a mis padres, no soltaban ni una sola palabra al respecto. Así que con el tiempo se convirtió en algo normal. 
Claro, ha espantando a más de una novia. Menos a Elisa, que lo encontró fascinante e incluso aprendió a tocarlo. 
Hace un mes ella dejó este plano existencial, luego de una larga enfermedad. Y desde hace un mes, cada noche, a la hora señalada, ahora el piano suena ejecutado a cuatro manos.
Nuevamente no puedo dormir, pensando en quién es el alma en pena que acompaña a mi amada Elisa.

5 de junio de 2020

Casimiro

Los demás remiseros le tenían odio. Casimiro medía metro veinte y usaba lentes culo de botella. Usaba dos guías telefónicas en el asiento para poder llegar al volante y se ataba un palo de escoba a cada pierna para llegar a los pedales. Hablaba poco y cuando lo hacía era para criticar a los demás.
Cuando aquella noche se accidentó en la bajada a la autopista, ninguno de sus compañeros lo fue a socorrer. Tampoco fueron luego a visitarlo al hospital. Mucho menos a despedirlo en el velatorio.
Mentiría si dijera que alguno pensó que lo echaría de menos. Sin embargo, nadie puede quitárselo de la cabeza. Es que a todos, en algún momento, se le aparece en el asiento de atrás, en el garage de la casa, y más de uno lo encontró dentro del baúl del coche.
Si tan solo fuera un fantasma... pero Casimiro se empeña en presentarse destrozado por el impacto, con colgajos de piel cayendo de a pedazos, dejando su sangre oscura y olorosa, que no se quita con ningún químico, en cada lugar en el que aparece.

4 de junio de 2020

Kisah el ojo

Cerraba los ojos, arrugaba la frente, agachaba un poco la cabeza hacia la mesa y con las manos hacía movimientos sobre la bola de cristal que tenía enfrente, mientras balbuceaba frases incomprensibles en un dialecto que bien podía ser asiático o simplemente, un invento del momento.
Kisah "el ojo", era el adivino más famoso de la ciudad y si bien su tienda estaba en un puesto de la feria municipal, la cola de personas que esperaban su turno era una muestra cabal de su prestigio.
Una noche hizo un ademán de más y vio en la bola reflejado su destino. Sin más, se levantó, se excusó ante los presentes, y desapareció entre los puestos de cerveza artesanal.
Hay quiénes aseveran haberlo visto mendigando en las calles, otros trabajando en tribunales con traje y corbata, y no falta el que asegura que se arrojó al río en una noche tormentosa.
Quiero creer que vio la felicidad y fue hacia ella, sin importar el dónde ni el por qué. La bola me la quedé yo y de vendedor de pochoclo pasé a Rascabel "el visionario". También puede ser que haya visto mi futuro y me haya dejado pista libre. Es raro este mundo, siempre sin repuestas.

3 de junio de 2020

Títere

Se quejaba por todo. En el trabajo, haciendo las compras, mirando televisión, en el cine, en el teatro, observando vidrieras, jugando con sus hijos, hablando con sus amigos, leyendo el diario, escuchando la radio. Todo tenía un pero, una queja, un reclamo, una razón de insatisfacción.
El rostro se le había llenado de arrugas, el ceño siempre fruncido, los dientes apretados. Pero no siempre había sido así. El tiempo y la vida lo habían tallado a su antojo, como un títere más del destino.
Solo recuperaba su sonrisa, su amabilidad, la paz interior, cuando hablaba con ella, sentado sobre el césped, flores en mano.
Esas tardes en el cementerio, a pesar de las lágrimas y del dolor, era feliz y de alguna manera, era volver a sentirse a vivo.

2 de junio de 2020

Aniversario

Hoy hablé con el fantasma de mi tía. Se me apareció a la misma hora de siempre, después del mediodía. La noté triste, distante. Respondió a mis preguntas con monosílabos y al cabo de un rato, desapareció. Hacía al menos un mes que no se hacía presente. Me quedé pensando toda la tarde hasta que caí en la cuenta: era el aniversario de su muerte y no había ido a visitar su tumba al cementerio. Llamé un taxi de inmediato, compré flores a mitad de camino y llegué justo que estaban cerrando. Imploré por cinco minutos y me dejaron pasar. Allí estaba ella, aguardando con el fantasma de mí tío, los dos muy juntos, tomados de la mano. Al pie de la tumba, escrito en la tierra, estaba mi nombre.
- Un minuto más, y lo hubiésemos tachado, sobrino. Y ya sabes lo que eso significa. 
Sonreí aliviado. Claro que lo sabía. La tía odiaba que la olvidaran y ya había llevado a media familia consigo. Dejé las flores, saludé a los fantasmas y me fui corriendo. Por suerte siempre fui su preferido. A otros, no les hace ningún recordatorio.

1 de junio de 2020

El almacén de Tito

El almacén de Tito es muy particular. La gente no va a comprar lo que quiere sino lo que Tito sabe que están buscando. Nadie prepara una lista de lo que necesita, sino que se acepta ciegamente lo que Tito le prepara en una caja.
Así es como Doña Aurora comprende que debe comenzar a usar pañales para adultos. Jimena que su dieta estaba desbalanceada y debe ingerir más legumbres. Romualdo que la cerveza es más rica y fuerte que el amargo obrero de todos los días.
Cada uno acepta lo que Tito le vende. Para elegir está la despensa de Pocha. A lo de Tito se va por otra cosa.
Como cuando Ricardo recibió en la caja de manos de Tito un revólver calibre 38. Lo miró, abrazó a Tito, a los demás que esperaban y saludó hasta siempre.
Hoy, a mí, por ejemplo, me dió una soga y un instructivo para hacer una horca. Si, Tito sabe exactamente lo que cada uno necesita. 

31 de mayo de 2020

Casi un karma

Quedarse dormida, salir sin desayunar, correr el tren, llegar tarde al trabajo, sentarse y darse cuenta que los lentes quedaron en la mesa de luz.
Dolor de cabeza, cansancio, sueño, malestar general. Mucho trabajo en forma de papeles que se acumulan sin escrúpulos sobre el escritorio. Un jefe que pide las cosas a los gritos, compañeros de oficina que no colaboran en nada.
Llegar al mediodía con lo justo, las ganas de devorar un dinosaurio y encontrarse con el bar de la esquina cerrado. Conformarse con una sopa instantánea comprada en el chino de la vuelta.
La tarde se hace eterna, mientras el sol brilla del otro lado de la ventana, burlándose de las responsabilidades que otros asumimos con el afán de "ganarnos" la vida.
Fin de la jornada laboral, el sol se ríe de todos y se esconde detrás de nubarrones de tormenta que salen de la nada. Paro de transporte sorpresivo y hacer cola para tomar un taxi que saldrá una fortuna.
Suspiro y agradezco al menos todo lo bueno de la vida. Es cuando se larga el chaparrón. Me empiezo a mojar pero ya nada importa. Es un día más, otro día más, de una larga rutina llamada vida.

29 de mayo de 2020

Terremoto

El terremoto la tomó por sorpresa. Elena había pensado toda la vida que si vivía lejos de las montañas nunca sufriría uno. No lo imaginó así, tampoco, como una explosión seguida de una gran vibración.Todos sus libros habían caído sobre la alfombra del living. Las bibliotecas se habían desarmado por completo. Los vasos, los platos, estaban hechos añicos en la cocina. Ningún cuadro colgaba de su respectivo clavo en la pared. El techo parecía haberse partido como un cristal. El polvillo lo abarcaba todo. 
Entre jadeo y jadeo, logró ponerse de pie. ¡Martín! Corrió hacia la habitación de su hijo. Lo primero que vio, fue el desorden y el polvo en el aire . Lo siguiente, la ventana estallada. El corazón se le aceleró. ¿Dónde estaba Martín? 
Entonces lo vio: acurrucado detrás de la cama, con una granada en la mano y el rostro cubierto de hollín.
- Perdón mamá... - sollozó - en Mercado Libre decía que solo eran un poquitito más fuerte que una de juguete.

28 de mayo de 2020

El programador

Desde pequeño Facundo se había vuelto un adicto a los lenguajes de programación. Era incapaz de pronunciar dos palabras en castellano juntas, pero podía programar una aplicación en minutos. 
Para él no existían los lenguajes convencionales, solo Java, Phyton, Assembler, HTML5, C++, PHP, entre otros cientos que conocía de memoria.
Su comunicación con los demás era a través de robots programados o archivos .bat que ejecutaban funciones. Sus amigos y familiares lo contactaban a través de una sofisticada web, a través de la que codificaba y decodificaba la interacción con ellos. 
Un día llegó el amor. Una hacker rusa con la que se topó en la deep web mientras buscaba códigos de las naves de SpaceX. Mensajes encriptados van, mensajes encriptados vienen, decidieron pautar un encuentro virtual en Jitsi. 
Facundo invirtió varios bitcoins en un regalo especial, pero ella nunca se conectó. Una amarga sensación invadió su ser y de inmediato lo comprobó.
Ella no existía, no era más que un exploit. Nada quedaba en sus cuentas y todas sus password habían sido robadas. Un mensaje colgaba de fondo de pantalla en su ordenador: Lamer.
Nunca había deseado tanto terminar en la papelera de reciclaje como aquel día.
sudo rm -rf ~/.local/share/Trash/

27 de mayo de 2020

Dolor

El dolor de cabeza le pide que lo alimente. Primero con analgésicos, luego con algo más fuerte. Prueba unos ansiolíticos, pero el dolor se ríe a carcajadas. Se mofa del débil intento por derrotarlo.
Aborda la heladera, cuál pirata en atraco. Da cuenta de las seis cervezas que tenía reservadas para el fin de semana, luego de una botella de tinto que estaba por la mitad.
Se tambalea de la misma manera que el pirata en la proa del galeón asaltado. En la alacena hay un ron. En la biblioteca, detrás de un par de libros de Stephen King una botella de whisky. Las vacía en su boca. El calor le calcina el estómago, que devuelve bocanadas de fuego. Pero el dolor sigue allí, doblándose de la risa.
Para entonces, entre el mareo y el dolor insoportable, no ve. No distingue siluetas ni diferencia superficies. Primero bebe el detergente, luego la botella de lavandina. Va por la mitad del amoníaco cuando ya no siente el dolor... aunque a ciencia cierta, ya tampoco siente, ni sentirá, ninguna otra cosa.

26 de mayo de 2020

Grito sagrado

Todas las noches en el barrio se escuchaba el himno nacional. Los compases tan conocidos y sentidos entraban por las ventanas sin posibilidad alguna de pasar desapercibidos.
Las primeras veces, sorprendió la osadía del vecino que lo ponía, su sentido patrio en épocas en las que los simbolismos habían perdido fuerza. 
El volumen alto evidenciaba una intencionalidad: el de hacerse escuchar y ser escuchado.
Con el tiempo, se hizo una costumbre bienvenida. Si bien algún que otro se quejaba, la mayoría coincidía en la importancia del acto, no demagógico, sino de consciencia patriótica.
Hasta que una noche el himno brilló por su ausencia y varios móviles policiales tiñeron la calle de colores azules intermitentes. 
Mirta, la mujer del vecino que ponía el himno, había logrado defenderse y desmayar a su marido. Y esa noche, en lugar de los golpes que recibía y sus gritos sepultados bajo la canción patria, su voz en llanto pudo llamar a la policía.
En el silencio de la revelación, podía sentirse vibrar en el aire: "oíd el ruido de rotas cadenas"...

25 de mayo de 2020

Pueblo fantasma

En mi pueblo el tren de carga pasa dos veces al mes. Cuando va hacia el sur y cuando vuelve hacía el norte. 
No hay estación, no se detiene, es solo una formación que pasa velozmente a metros de las pocas casas que quedan habitadas en este paraje olvidado del país.
Los que aquí vivimos, somos viejos. Los jóvenes se marcharon hace tiempo y no van a volver. La existencia del pueblo es proporcional a nuestras vidas. Cuando no estemos, serán solo casas vacías a la veda del tren.
Quizá no falte mucho para que se convierta en pueblo fantasma. Aquí la causa de muerte de mayor frecuencia no es el cáncer, ni la gripe, ni los problemas cardíacos, ni la diabetes. Es por atropello en las vías del ferrocarril. Por suerte, el tren solo pasa dos veces al mes.

24 de mayo de 2020

Cálculos confiables

La mente de Raulito funciona muy rápido. Hace cálculos a una velocidad que impresiona hasta a los matemáticos más expertos. Ha superado en complejas operaciones a computadoras especialmente preparadas. Puede predecir órbitas espaciales y desplazamientos cuánticos en cuestión de segundos.
Sin embargo, en la góndola del supermercado, no puede encontrar la diferencia entre la gaseosa bajas calorías y la sin azúcar y cómo, de manera directa, puede mejorar la calidad de vida de las personas tal como lo afirma el afiche publicitario que acompaña las botellas.
Por eso Raulito trata de evitar el engañoso mundo que lo rodea y se abstrae en el silencioso universo de los números, que nunca mienten y mucho menos, traicionan.

Mal de olores

Sufro de olores. Suena extraño, lo sé. Pero desde pequeño los olores me abruman. Cuesta explicarlo, porque no son los mismos olores que los demás perciben. No es que se intensifican el olor de la rosa, del asado, de la caca del perro. Ni siquiera es olor a podrido. Si se pareciera a algo, sería al olor de la muerte. Pero más incisivo, penetrante. 

Lo peor es que llegan acompañados de sensaciones, premoniciones, la certeza de fatalidad. De niño supe que morirían mis padres, mis abuelos, mis tíos. Y a medida que fui creciendo, fui sabiendo de antemano de las muertes de muchas otras personas cercanas. 

El olor las hace inevitables. Y por eso lo odio, lo aborrezco. Porque cada vez que lo siento, es un aviso. Y cuando se intensifica, una señal, una orden. Es, entonces, cuándo los mato, antes que la locura sensitiva me destroce a mí.
Sufro de olores desde niño, así que imaginarán mi tortura.

22 de mayo de 2020

Malhumorado

Labios apretados, mirada al piso, las manos en los bolsillos de la campera. El hombre esperaba su turno en la farmacia, de manera silenciosa. Una persona recién llegada le preguntó si había que sacar número. Nunca obtuvo respuesta. 
El farmacéutico llamó al próximo y el hombre se acercó al mostrador, sin cambiar en lo más mínimo su postura. En lugar de abrir la boca y anunciar lo que necesitaba, arrojó sobre el mostrador un papel escrito a mano.
Con recelo, el farmacéutico lo leyó y comenzó a preparar el pedido. Finalmente metió todo en una bolsa y le dijo el costo. El hombre sacó un puñados de billetes del pantalón y los tiró al mostrador. Tomó la bolsa y dió media vuelta, hacía la salida.
- ¡Señor, su vuelto! - gritó el farmacéutico.
Sin detenerse, el hombre levantó la mano libre y extendió el dedo media hacia arriba. Dió un portazo y desapareció en la calle.
Al bajar la vista, el dinero ya no estaba. Desconcertado, el farmacéutico buscó por todas partes, mientras la única persona que aguardaba ser atendido, le preguntaba una y otra vez si debía sacar número.
 

21 de mayo de 2020

Marcas

Al OVNI lo vimos todos, los cuatro que éramos esa tarde en la vieja colina.  Pero a quien más afectó fue a Jazmín. 
No en ese instante, en el que los cuatro quedamos paralizados, con el corazón latiendo sin parar. Ella comenzó a manifestar su malestar con los días. 
Fuimos los primeros a los que les mostró las marcas. Decía que cada mañana despertaba vestida con ropa diferente a la que se había puesto al acostarse y con marcas en el cuerpo.
Empezó a hablar de abducciones, de naves espaciales, experimentos, secretos del universo... todo giraba en torno a eso. La gente dejó de hablarle por temor y sus padres terminaron por internarla, porque no sabían cómo tratarla.
Me había olvidado de ella, hasta esta mañana, cuando en todos los canales de televisión y de internet su figura encabezaba la comitiva de extraterrestres que bajaba de la nave nodriza en París, luego de devastar media ciudad y declararle la guerra al Planeta Tierra.

19 de mayo de 2020

Sobrevivientes

Lo tenía de vista de hacía tiempo, pero recién lo conocí personalmente en 1927, en las afueras de un colegio inglés. Volvimos a cruzarnos veinte años después, en una devastada Alemania. 
La tercera vez que coincidimos, Centroamérica estaba en ebullición. En los setenta lo encontré en Argentina. Desde hacía tiempo que no nos deteníamos a charlar. Un saludo desde lejos y cada uno seguía su rumbo. 
En 1993 volví a verlo, en Egipto. En vísperas del 2000 en Finlandia. En 2020, en una desolada calle de Italia, en plena pandemia. La última vez fue en lo que era Japón, en 2031, hace exactamente cuarenta años. La sensible ausencia presagia su partida.
Me cuesta creer que soy el último atlante con vida, pero es un aliciente saber que eso significa el reinicio de todo, una vez más. Ojalá poder vivir también tantos años en la próxima existencia.

18 de mayo de 2020

Chance

Solo quedaba una chance. Una sola. Distante, épica, imposible. Había que meter cuatro goles y el puntero perder por cinco. Nosotros jugábamos contra el tercero y ellos contra el último.
A nuestros rivales los arreglamos con algo de dinero, pero nada sideral. 
Los jugadores del equipo que marchaba en la cola de la tabla se nos rieron. Fueron muy claros. No era cuestión de plata, sino de habilidad. Ni todo el oro del mundo iba a lograr que el domingo jugaron mejor que el rival. Igual aceptaron un incentivo. 
Pero el éxito lo alcanzamos por otro lado. Si, pueden decir que nos sobrepasamos, pero así es esto. 
Mandamos a varios muchachos a ver los partidos en casa de los familiares del candidato. Y si, algunos iban armados. Nadie lo niega. Pero manda el negocio y a la larga, cómo decía un grande del fútbol nacional, todo pasa.

17 de mayo de 2020

Axioma

Morris siempre decía que había dos maneras de encubrir un crimen: bien o mal. 
Claro que el hecho que Morris esté cumpliendo condena deja en evidencia que hablar al respecto no significa ser un experto en la materia. 
No me gusta alardear, pero más allá del axioma de Morris, mi experiencia es mucho más positiva. He cometido cuánto crimen puedan imaginarse y aún camino libre por las calles. 
Por eso cuando Morris me mandó a llamar no fui a verlo. Él quiere que lo ayude a salir de la cárcel y a mí no me interesa que salga. Al fin de cuentas, está dentro porque las pistas lo pusieron en la escena del crimen. 
Cuando el agua te llega al cuello, hay que mantenerse respirando. O como diría Morris, hay dos maneras de hacerlo. Por más que para salvarse, haya que hundir a otro. 
Y en ese sentido, estar en libertad se me da muy bien.   

15 de mayo de 2020

El violinista

Subió hasta el techo para sentirse más cerca de las estrellas. Le sonrió a la luna menguante casi con picardía. Tomó aire y exhaló, nervioso. De solo mirar hacia abajo le temblaban las piernas. Pero infló el pecho, como en cada ensayo con la orquesta, antes de ejecutar la primera nota.
Acomodó el violín entre la clavícula y la barbilla, sintiendo la madera lustrada haciendo presión sobre su cuerpo, en un acto de mutuo afecto. Afirmó el instrumento con un leve movimiento y con la mano derecha acercó el arco. Y luego...
Dicen que se escuchó una melodía armoniosa, bella, espiritual. Que todo el barrio salió a la calle. Que todos miraron hacia el lugar de dónde provenía el sonido. Y que allí no había nadie. Tan solo la música, flotando, etérea.
Es increíble, dijeron. Viene del techo del malogrado violinista. Ese que se ahorcó antes de su primera función.

14 de mayo de 2020

Mate ruso

Éramos pibes y muy boludos. Y además teníamos algo de maldad, no me queda duda. Andábamos en el barrio siempre calzados, muchas veces sin una bala en el tambor. Pero asustábamos a los incautos. 
Éramos la banda de los pibes. La que un buen día consiguió una cápsula de cianuro y no tuvo mejor idea que inventar un juego. 
Armamos una ronda de mates y mientras iba pasando de mano a mano, entre cebada y cebada, nos reíamos de quién sería el "afortunado" al que se le desintegraría la cápsula enterrada entre la yerba.
Como la ruleta rusa, pero bien argentino, habíamos dicho. El juego se llevó al Raúl y nos metió en problemas. Pero de eso pasó mucho tiempo. Ya crecimos. 
Cada uno tiene su banda Y cuando matamos, lo hacemos cara a cara.

13 de mayo de 2020

La línea

Siente el deseo de dar ese paso, de trasnponer la línea que su mente ha dispuesto entre ella y él. Ese más allá del saludo, de la sonrisa casual, del café compartido en la hora del descanso, de las palabras triviales en jornadas aburridas, de la mirada esquiva al cruzarla en el ascensor, del adiós hasta mañana de cada día. 
Pero es más fuerte la timidez, la crianza, los miedos, los prejuicios, el qué dirán, la decepción, la cuasi amistad. Y el paso queda trunco, sin cruzar la línea.
Y cuando en la oficina lo echan, ella es solo una más que levanta la mirada para verlo partir. No hay ningún ademán extra, ni un gesto de consuelo. La última esperanza es que antes que la puerta del ascensor se cierre, ella se levante y trate de alcanzarlo. Pero no sucede. Él se abandona a su suerte, clavando los ojos en una botonera fría, que apunta hacia la planta baja. Desconsuelo, tristeza. El valor ausente. Frena, detiene. Ahora sube. Alto, bien alto. Hasta la azotea. Quiere que ella lo vea aunque sea una vez más, fugaz, cayendo, huyendo, dejando de ser.

7 de mayo de 2020

Espantapájaros

No le gustaba quedarse a dormir en casa de la abuela. Tenía mil motivos pero el peor de todos era esa ventana sin cortinas dando al patio. 
La habitación era tan pequeña que de un lado tenía la pared donde se proyectaban sombras horribles y del otro, el ventanal.
Lo asustaban los árboles inmensos, la luna en lo alto y sobre todo, ese maldito espantapájaros en la huerta, al que, de todas formas, no le encontraba el sentido. ¿Por qué ponerlo cada noche, si los pájaros solo andaban merodeando de día?
Una tarde, mientras ayudaba a su abuela a sacar la gramilla, le preguntó: ¿Dónde guardas el espantapájaros? Ella solo rio. Le acarició el cabello y soltó: ¡Qué ocurrente!
Esa noche, podía jurarlo, el espantapájaros parecía sonreírle.

5 de mayo de 2020

Patio prohibido

Nunca, pero nunca, se metan al patio del vecino. Era aquella una ley inexorable. Marcos y Jaime la sabían incluso antes de pronunciar las primeras palabras. 
Hasta aquella tarde, cuando sus piernas de niños grandecitos enviaron la pelota hacia el otro lado por encima del tapial. Había que cruzar. No lo dudaron. 
Treparon con esfuerzo y contemplaron el sitio prohibido. Esperaban ver un lugar tenebroso, con árboles raquíticos señalando hacia el cielo, y un vecino irascible apuntándoles con un rifle. 
Pero no, lo que vieron fue un terreno liso, removido en algunas partes en montículos rectangulares, y a su padre cavando una fosa, con una bolsa de plástico negra y forma humana, a sus pies.

4 de mayo de 2020

Ataúdes

Molinari no se decidía, el de caoba era imponente pero aquel con detalles en metal llamaba su atención.
¿Puedo probarlo? preguntó a un atónito vendedor que aprobó luego de sopesar las palabras varias veces. Molinari abrió el ataúd con los detalles y se metió dentro. Cerró y abrió la tapa varias veces. Luego fue hasta el de caoba e hizo lo propio.
Me quedo con éste, dijo y extendió un cheque. "Tiene la fecha de ayer, descuide, es un mero detalle, fondos sobran". 
Don García - interrumpió un empleado -, una tal Sra de Molinari lo espera en la recepción. Parece ser que anoche se suicidó el esposo y quiere ver ataúdes. 
García giró sobre sus talones y descubrió que estaba solo. En su mano, la tinta sobre el cheque aún estaba fresca.

23 de abril de 2020

Los trucos necesarios

A Julián no se le daba bien lo de la magia, por más que practicara, estaba lejos de ser un Harry Potter. Los conejos se le escapaban del sombrero, las palomas del pañuelo, las cartas se les caían al piso y la varita mágica siempre quedaba olvidada en otra mochila.
Todos se reían de sus actos, tanto, que parecía más un payaso que un mago. Todos, menos su abuelo Jaime y los demás abuelitos del asilo de ancianos dónde residían.
Cada domingo iba con su valijita y lograba que todos los trucos le salieran. Y ellos eran felices. Esa alegría le bastaba. Podían salirle todas sus demás funciones mal, que no le importaba. En su corazón estaban siempre esos rostros arrugados y agradecidos.

20 de abril de 2020

Con los ojos cerrados

En un pasillo largo, tan largo que jamás se llega al otro extremo y oscuro, tan oscuro que solo se detectan las paredes al chocar contra la áspera y dura textura del granito, caminan los que han perdido el rumbo en la existencia.
Con el tiempo se han acostumbrado y avanzan con los ojos cerrados, soñando una vida. Es tan profundo el sueño, que no caemos en la cuenta que lo hemos transformado en nuestra realidad diaria. Sin embargo, allá estamos, en ese pasillo distante, avanzando sin ton ni son.

14 de abril de 2020

Perro honesto

A Tomás le regalaron un perro. Era cachorro, marrón, movía la cola en todo momento y se llamaba Froilán. Lo reconoció de inmediato como su dueño y lo seguía a todas partes. Incluso cuando se juntaban con amigos en la placita de la esquina.
Julián fue el que preguntó si alguien tenía caramelos. ¡No! dijo Tomás y Froilán no tardó ni un instante en ladrarle, no una, sino dos veces.
Más tarde, Esteban preguntó si alguno tenía para prestarle la tarea. ¡No! contestó Tomás y Froilán volvió a ladrarle.
En el camino a casa, notó que su perro ya no movía la cola. Su madre también lo advirtió. ¿Qué le hiciste al perro, Tomás? le preguntó. El niño dijo que nada, pero luego comprendió.
- Hoy mentí dos veces, y me lo hizo saber con ladridos - confesó y hasta se sintió avergonzado.
Froilán movió la cola otra vez.

Por las dudas, no lo volvió a llevar a la plaza.

7 de abril de 2020

La ciudad ciega, ilustrado por Fabricio Garfagnoli

Cuento ilustrado por Fabricio Garfagnoli, publicado en GComics https://gcomics.online/relato/la-ciudad-ciega/

Las manos en los bolsillos, los brazos bien pegados al cuerpo, el cuello del rompevientos hacia arriba cubriendo la garganta. La cabeza descubierta, empapada por la demencial lluvia que cae como un torrente.
Aguarda, espera, observa, desde la oscura esquina de la intersección. La gente avanza apurada en todas direcciones espantada por la lluvia, algunos con paraguas, otros con el cuerpo de cara a las inclementes condiciones.

Nadie repara en su figura, nadie observa su semblante pétreo, ni siquiera les llama la atención el reflejo metálico sobresaliendo de su cinturón, visible entre los pliegos del rompevientos.
Los taxistas aceleran en las calles atestadas de agua y salpican hacia las veredas. Los transeúntes se quejan, maldicen, pero no se detienen, siguen su marcha, como si de alguna manera estuvieran jugándole una carrera a la tormenta. Más de uno resbala, cae, se lastima, se pone de pie sin la ayuda de nadie y vuelve a la afanosa misión de avanzar.
La lluvia arrecia, golpea con fuerza. Cada gota es un martillo. Las vidrieras de los comercios son paredes de agua y los comerciantes rezan en silencio para que no caiga granizo. Pero no permiten el ingreso de los niños de la calle, de los mendigos que quieren un techo pasajero.
Dos policías se refugian bajo el alero de un comercio, una calle más adelante y ninguno atina a cruzar para detener al joven que aprovechando el descuido de una anciana, le acaba de arrebatar el bolso. La mujer grita, desconsolada, pero sigue su marcha, huyendo de la lluvia, del viento.
La escena le parece un cuadro sobrenatural de la esencia humana. Tan previsible, tan dolorosa. Observa, en la plenitud del caos. Y comienza la cuenta regresiva en silencio, sin musitar ni una sola palabra. Como en cámara lenta, se pone en movimiento. El agua rebota en su cuerpo, su mano va a la cintura, abandona la vereda, pisa la calle con agua que le llega hasta los tobillos y sigue, no le importa el coche que viene, sabe que llegará a la otra acera y sigue contando, un número por vez, hacia atrás, preciso, certero, sin prisa y gana la vereda de enfrente y sin detenerse saca la pistola cromada que nadie ve, que a nadie le llama la atención y la extiende hacia delante, apuntando, mientras la lluvia la baña en un llanto divino y sigue contando mientras el cielo se resquebraja en relámpagos y truenos sin dejar de observar ni un solo momento, sabiendo que la espera está por terminar y entonces, como lo había calculado, llega a cero y la puerta se abre, la del edificio más grande de la calle, del hotel donde sabía que ella estaría y sale, sale con el otro del brazo, públicamente, como si no le importara, consciente que en la ciudad nadie mira, a nadie nada le importa y así impunemente sale, sonriendo, protegida por el paraguas que el otro sostiene, puntualmente, como cada tarde, para subir al taxi que la llevará lejos, donde vive su otra vida, la que ahora, él romperá como una foto vieja y…
El trueno disloca una vez más el cielo, la lluvia se hace más intensa y muchas personas directamente corren, abandonando el paso entre apurado y tímido para buscar un refugio donde escapar de las gotas frías que arriban con prisa desde lo alto.
Sigue en la esquina. Las manos aún en los bolsillos, los brazos bien pegados al cuerpo, el cuello del rompevientos bien arriba cubriendo la garganta. La cabeza descubierta, empapada por la lluvia que cae de forma violenta. El trueno lo trajo de nuevo al presente. Sabe que saldrá en menos de un minuto. No vale la pena ni siquiera contar como lo hace siempre. Será así y punto.
Esta vez no quiere ver. Se ajusta el rompevientos, da media vuelta y se marcha por la vereda en dirección contraria. La lluvia lo azota con violencia, pero no lo siente. Ha perdido la facultad de sentir hace mucho tiempo. De a poco va recobrando el coraje, pero aún es muy pronto. En tanto seguirá viviendo una vida que es irreal aparentando naturalidad.
Se pierde entre la gente que corre en la tormenta, como uno más. Nadie lo ve, nadie repara en él.
Su figura desaparece en la ciudad sin ojos.

1 de abril de 2020

Vieja deuda, ilustrado por Fabricio Garfagnoli

Cuento ilustrado por Fabricio Garfagnoli y publicado por GComics https://gcomics.online/relato/vieja-deuda/

Dejó las llaves puestas en el coche y el motor encendido, como presto a salir en cualquier momento. Tampoco cerró la puerta, apenas entreabierta. Caminó sobre la grava hasta donde comenzaba el césped.
El rocío de las primeras horas del día iluminaba el verde, aunque el contraste con el cielo gris y con ánimo de tormenta era notable. Sus zapatos se mojaron con el contacto, pero ni siquiera se percató de ello.
Pasó por encima del vallado de madera que demarcaba la propiedad privada a la que estaba entrando. Dos perros de enorme porte se lanzaron sobre él, apareciendo de la nada misma y uno logró darle una dentellada a sus pantalones.
Sin cambiar el semblante, les arrojó patadas, logrando en más de una ocasión acertar en los hocicos de los canes, entrenados para repudiar cualquier intromisión desconocida. Pero los animales no desistieron, frenándole la marcha.
En la vivienda de tres pisos se encendieron las luces. Se escuchó el ruido de una puerta trasera y una alarma aguda y potente se puso a sonar, como un bebé enfermo en pleno berrinche.
Para los caninos fue como una orden. Gruñeron con ferocidad y se lanzaron coordinadamente, uno de cada lado, sobre su persona.
Lograron tumbarlo y en medio de ladridos, le mordieron la cara. La sangre fluyó de inmediato, tiñendo el césped e inundando sus cuencas oculares. Un disparo en el aire detuvo el atroz ataque. Los perros corrieron hacia el hombre que había usado la escopeta, de cuyo caño una pequeña estela de humo indicaba la procedencia del reciente sonido.

El aprovechó para levantarse del suelo, a duras penas, dolorido y sangrando. Miró al viejo con el arma y no esperó a que lo reconociera. Al menos, aún no. Dio media vuelta para emprender el camino de regreso. Pero la escopeta volvió rugir y su andar se detuvo en el acto.
Sabía que ahora el cañón apuntaba a su espalda. No necesitaba girar para saberlo. La voz del viejo llegó a sus oídos temblorosa y supo también que no era un efecto del viento. Esa voz cargaba miedo a pesar de sujetar un arma.
Sonrió para sus adentros, seguro, sereno, cínico. Y sin elevar la voz, dijo:
– Lo espero en el auto. Cinco minutos. Si demora, usamos también los asientos de atrás. ¿Comprende?
Y dicho esto, volvió a su coche.
El viejo lo vio marcharse sobre el césped, traspasar la valla de madera y seguir camino hacia la calle. Sintió que sus piernas se doblaban y la escopeta le pareció pesar toneladas. La arrojó a un lado y se pasó la mano por la boca. ¿Con qué así era? pensó.
Retornó a su vivienda, apagó la alarma y fue hasta su habitación. Besó en la mejilla a su mujer, observó sus arrugas amables y familiares, agradeció que casi no oyera y secándose una lágrima que le caía, tomó el saco que estaba sobre la silla más cercana y con cuidado, cerró la puerta.
Acarició a la pasada a sus leales guardianes y salió a la calle por el portón del frente. A unos quince metros lo esperaba el coche en marcha. No se extrañó al notar el rostro pálido pero intacto del hombre que lo conducía. Nada lo extrañaba por entonces. Sabía que era hora de pagar el pacto.
El auto arrancó sin que nadie pronunciara palabra alguna. La calle se lo tragó en silencio, llevándose consigo al escritor famoso y al cobrador del infierno.

27 de marzo de 2020

El último día

En el día final la última pluma escribió: ni bombas nucleares, ni armas químicas, ni terremotos ni cataclismos, ni incendios descomunales o invasiones extraterrestres.
Tan solo un virus y la estupidez humana.


17 de marzo de 2020

Ahora solo hay palomas, ilustrado por Caio Di Lorenzo

Gravita sobre el poniente, medusa del aire, la hoja somnolienta. El árbol, indiferente, la deja. Se confunden ambos en un paisaje ausente.
Ecos de otros tiempos reverberan, en el silencioso rumor del viento, llevando a sus oídos nostalgias que perseveran, se entregan, se refugian, pero en ningún momento prosperan.

Ilustración de Caio Di Lorenzo

Ella observa envuelta en un pañuelo sin color, que a la luz del atardecer solo devuelve un leve resplandor. La plaza es gris. El cielo es negro. La ausencia es transparente.
No queda nada de antaño, ni palabras, ni pinturas, ni el canto de las voces, ni las utopías de los sueños. Dónde había esperanza, fuerza, entusiasmo, ahora sólo hay palomas.
Emplumadas, inquietas, se desplazan, van, vienen, alzan el vuelo pero bajo, corto, para retornar, volver, quedarse en el mismo lugar. Cuál cuervos disfrazados para atenuar el dolor, aguardando la carroña del ayer, picotear las últimas sobras del festín.
Camina, baldosa a baldosa, sin pereza, al contrario, consciente y con consciencia, la propia, la colectiva, la que la mantiene viva. Todo se antoja distante, incluso el frío, la noche que se avecina.
En la plaza no hay vestigios, en la ciudad no hay memoria. No es culpa del tiempo, sino de quiénes al reloj le dan cuerda, atrasando las manecillas para que el pueblo no despierte, adelantándolas para que el pueblo no recuerde.
Frágil, sus huesos aún la llevan. Frágil, aún mantiene sus fuerzas. Vasija de barro mil veces partida, mil veces restaurada. Las arrugas son tus cicatrices de los años, la soledad es la herida del olvido.
Como esa hoja en la brisa, tenaz en su huida, deja la rama y se echa a la suerte. Las jaulas de la mente, los cerrojos de la vida. Cárceles imaginarias para contrarrestar la muerte. Aunque sin ella, no tiene sentido el nacer, y sin luchar, no tiene sentido el vivir.
Metáfora de la nada, y al mismo tiempo del todo. Que las verdades serán mentiras, y las mentiras consecuencias. Pesadilla para el que la sueñe. Infierno para el que la viva.

8 de marzo de 2020

En lo alto

La máquina gravita en lo alto como si fuera un pájaro. Desde la colina es apenas una minúscula mancha que se desplaza más allá de las nubes. La mirada absorta y apacible es un recuerdo que acompañará a su madre todo el tiempo. Los ojos curiosos abiertos a más no poder, la boca haciendo una O y el dedito índice de la mano señalando aquel punto, siguiéndolo lentamente.
La mujer se pone la mano en la frente para protegerse del sol y también observa, pero aunque desea con toda el alma también poder ver, solo encuentra por delante nubes y azul. Pero la imagina, sabe que allí está. Una certeza improbable y al mismo tiempo real. ¿O acaso no está disfrutando del asombro de su pequeño? Un planeador de color claro, de interminables alas y cabina baja, por la que apenas puede verle el rostro por última vez. Cada tanto aparece, como si bajara a una altitud suficiente para que el niño pudiera conocerlo.
Madre y niño, miran a lo alto. Lo que no ven, lo sienten. Lo que no tienen, lo completan. La vida les da las piezas. Algunas tienen formas de tristezas, otras de alegrías. Pero son mágicas, como el cielo, las nubes y el pájaro de alas interminables que de tanto en tanto gravita como en un sueño.

14 de febrero de 2020

En la ruta

Vamos en el auto por una ruta de poco tráfico y muy deteriorada. La tormenta nos envolvió hace un par de horas. Le pido a Ester que deje de asomarse por la ventanilla, pero se escuda en que quiere sentir la lluvia sobre su rostro. Siento pánico al observarla, como si cada vez que su cabeza sale del vehículo, algo la fuera a sustituir por otra. También me preocupa que por dejar de mirar el camino fuésemos a chocar. Estoy pensando en eso cuando veo lo que tanto me temía. ¡Hola! me dice la nueva cabeza de mi novia. Cejas grandes, ojos ausentes y bigotes que no son bigotes, porque en realidad son dos gusanos reptando hacia abajo.

7 de febrero de 2020

Antonimia de pasado presente

Nos encontramos despidiéndonos,
nos abrazamos distanciándonos,
nos reímos llorando,
nos hablamos en silencio,
nos miramos sin vernos.
Fue un encuentro casual premeditado, en el que recordamos el pasado hablando del futuro.
Hacía muchos años que no coincidíamos a pesar de cruzarnos a diario. Estabas como siempre a pesar de estar tan distinta, radiante y apagada al mismo tiempo.
Me preguntaste por Abel y te conté de Gustavo. Quise saber de Analía y me hablaste de Raquel. Vimos fotos desgastadas en las pantallas relucientes de nuestros nuevos celulares. ¡Qué grandes vi a tus pequeños! ¡Qué lejos nuestros sueños más cercanos!
Y mientras a nuestras espaldas el sol subía hasta la noche y la luna bajaba al día, las manecillas de los relojes aventajaron al mismísimo tiempo, llevándonos a viejas infancias adultas, desempolvando recuerdos aún impolutos en la memoria.
Qué ganas de permanecer en esa esquina, mientras las piernas me llevaban lejos, hacia la rutina. Qué ganas de romper con esta armonía anodina de mis días y arrojarme a la contradicción de los imposibles. De decir basta y empezar de nuevo. De vivir de nuevo lo que me lleva a decir basta, pero tratando de hacer lo mismo aunque todo diferente.

23 de enero de 2020

Situación de juego

La situación era simple. Alguien se había robado el dinero. En algún momento, entre que la luz se apagó y volvió, la mano de uno de los cinco que jugaban la partida de poker se alargó hasta el centro de la mesa y tomó los billetes. Todos, al menos, coincidían en un punto: ninguno de los cinco apagó la luz. Fue fortuito, un bajón de tensión quizá. Pero lo del dinero, ese era otro cantar. No era una suma menor, al contrario. Habían estado apostando fuerte. Era una ronda pareja, todos tenían cartas buenas, podían intuirlo en el aire. Las miradas brillantes, los rostros tratando de disimular la buena fortuna, los cuerpos emitiendo señales involuntarias.
Lo que en principio parecía una broma, a esa altura, tras quince minutos de palabras que fueron elevando el tono frase tras frase, era ya motivo para una pelea. Es que ninguno de los cinco la iba a dejar pasar. Y cada uno sabía que los demás estaban dispuestos a lo que sea con tal de defender su dinero. Y aún más el que hubiese robado la plata. Ese estaba dispuesto además, a no ser descubierto.
El primero en ponerse de pie fue Alcides. Si solo se hubiese parado y dejado caer la silla, en señal de enojo, vaya y pase. Pero Alcides además tuvo la idea, mala por cierto, de llevar la mano derecha a la parte posterior de la cintura, dónde los demás sabían, llevaba siempre una pistola.
Los otros cuatro reaccionaron al instante y las balas cruzaron la mesa destrozando la camisa celeste de Alcides con agujeros enormes de los que saltó sangre para todas partes. El cuerpo cayó inerte contra la silla desplomada. La pistola seguía entre el pantalón y la camisa. No había llegado ni a tocarla con los dedos.
El estruendo de las cuatro armas escupiendo al mismo tiempo había retumbado en la habitación. No tardaría mucho en caer la policía. Alguien en el edificio los delataría, no había manera de evitarlo. Gustavo quiso apurar el asunto y se acercó a revisar el cuerpo tendido en el suelo. Pero los demás intuyeron que en ese movimiento escondía algo y volvieron a abrir fuego. Gustavo voló contra la pared, que quedó manchada de rojo. Una mancha que parecía haber estallado a media altura y luego deslizado hasta el zócalo.
Los tres que aún permanecían sentados y con sus armas en la mano se miraban fijamente. Los ojos iban de uno a otro. El menor movimiento en falso iba a desatar otra oleada de plomo. Lo sabían muy bien. Fernando decidió actuar. Dejó de apuntar a los demás y levantó su pistola hacia el techo mientras con la otra mano pedía tranquilidad. Uno de los otros dos asintió con la cabeza. El restante apretó el gatillo.
La bala atravesó el entrecejo con fría certeza. Enrique miró a Luis. Luis miró a Enrique. Uno de los dos había disparado. El otro sabía que haría lo mismo si no actuaba rápido. Dispararon, ambos, al mismo tiempo.
Enrique quedó con el cuerpo hacia atrás, la cabeza ladeada hacia la izquierda. Luis se fue hacia delante y la frente dio de lleno contra el as de corazones que tenía en la mesa.
La policía llegó algunos minutos después. Alertados de los disparos, pero actuando con tranquilidad debido al silencio, derribaron la puerta. La situación era simple. Cinco tipos jugaban al poker y uno quiso cagar a los otros. Terminaron todos muertos. El agente Gutiérrez le buscó el pulso a los cuerpos. El agente Miranda se quedó en la puerta. Cuando la luz se apagó y encendió, Gutiérrez sin saber por qué, desenfundó y disparó. Diría después que creyó haber visto un movimiento extraño acompañado por el ruido del martilleo de un arma. Lo cierto era que Miranda se había apoyado en la tecla de la luz, que estaba haciendo falso contacto. Aunque nunca lo supo.
La nueve milímetros de su compañero le partió el cráneo en dos.

8 de enero de 2020

Diálogos nocturnos

Con Adela nos quedaron cosas pendientes, principalmente conversaciones sin terminar, suspendidas por el cansancio de las noches, o el sonido nefasto del teléfono, que daba pie a otros problemas, a otras realidades, a mundos ajenos que descubríamos de pronto, con voces que nos transportaban a sus confesiones.
Nos tocaba el turno de noche en las líneas gratuitas del Estado para prevención de suicidios y adicciones. Trabajamos a la par dos años enteros. Pudimos compartir cientos de charlas, pero nos quedaron truncas miles más. A muchas podríamos achacarle la culpa los llamados, pero a otras no. Porque en otras, tomamos la decisión de callar angustias, de esquivar heridas, tratando de evitar el daño, la colisión, el desentierro de tantos males. Porque somos eso, tumbas alimentadas por arterias, con extremidades que nos llevan de un lado a otro y un cerebro que se encarga de administrar de mal modo nuestros pesares.
Es increíble cómo la gente trata de matarse los martes a la noche. Era el día de la semana que menos podíamos hablar entre llamada y llamada. Podría pensarse que el suicidio es un pensamiento de fin de semana, pero no es así. Los fines de semana había más inconvenientes para los adictos, que en el último manoteo, antes de ahogarse por completo en el mar de drogas, buscaban en este lado de la línea un salvavidas. Y ahí estábamos, pendientes de cada palabra, de cada quiebre en la voz, de todas las señales posibles, para pausar la agonía, darles un alivio, ayudarlos, al menos, en ese instante, de no sucumbir.
Y entre cada persona que atendíamos, teníamos un tiempo. A veces mínimo, otras más extenso. No obstante, esos diálogos nocturnos - los que teníamos con esos seres anónimos - nos dejaban con el corazón en la mano, la mirada extraviada. Las úlceras no eran por nada. Litros de café en una sola noche, con el fin de aferrarnos a algo. Nadie cuenta con la preparación suficiente para enfrentar la muerte - y sin verle la cara - por más títulos que uno cuelgue en la pared de la oficina.
Pero con Adela habíamos aprendido que las lágrimas entorpecen y la angustia no rescata a nadie. Quizá por eso es que hablábamos tanto. Nos fuimos revelando las vidas, anécdotas, realidades, parejas, engaños, decepciones. Nos abrimos más de lo que hubiésemos debido. Muchas veces me descubrí mirándole los labios, mientras estos se movían, distante mi atención de las palabras, pero absorta en sus gestos. Ella empezó a gustarme. Y creo que ella, comenzó a sentir lo mismo por mí. Las noches se fueron volviendo incómodas, nuestros cuerpos nos avergonzaban, tratábamos de no mirarnos, y lo que antes eran palabras, se fueron volviendo silencios.
Adela pidió el cambio y la trasladaron a un turno diurno. Durante un tiempo mantuvimos contacto mediante mensajes en el teléfono. Pero los fuimos espaciando y finalmente, dejamos de tenerlo. No pude disimularlo. Me cambió el humor, me volví irritante. Incluso me peleé con mi pareja. Me volví una persona ermitaña. Solo salía del departamento para ir al trabajo. Y del trabajo a dormir y encerrarme, con las persianas bajas y sin el menor deseo de ver a nadie.
Hasta una noche, que al levantar el teléfono y decir el discurso de presentación de siempre, del otro lado la voz me llamó por mi nombre. Esa voz de cientos de noches, sollozando. Y yo la llamé por el suyo. Cuánto extrañaba decirlo en voz alta: ¡Adela! Cómo deseaba ver sus labios, sus ojos, su rostro... me distraje en mis ilusiones, en mis caprichos, en ponerme a pensar en todas las conversaciones pendientes que teníamos que concluir.
- Laura, lo siento mucho Laura. Pero no puedo más, no puedo más. Mi vida es un infierno. Me voy. Lo siento tanto.
La línea quedó en un esteril pitido, una nota aguda y extensa, que me atravesó de lado a lado. Cuando reaccioné, lo sabía, ya era tarde. Traté de comunicarme desde mi teléfono, pero no hubo respuesta. Envié a la policía y a los paramédicos a su domicilio, mientras las lágrimas, esas que no servían para nada, caían sin piedad por mis mejillas. Mi nuevo compañero de la noche se acercó a consolarme, pero lo aparté. Él nunca entendería, porque con él todo era silencio. En cambio, con Adela...

3 de enero de 2020

Eso que llaman crecer (ilustrado por Caio Di Lorenzo)

Desde que se supo en la barra que la familia del Carlos volvía al barrio, no se habló de otra cosa. Es que el Carlos había dejado su huella. Tres años más grande que todos, de carácter fuerte y decisiones rápidas, era el líder indiscutido de ese grupo de chicos que deambulaban desde la hora de la siesta hasta que caía el sol por las calles, veredas y la plaza del lugar.
Cuando se fue, a causa de un trabajo del padre en otra ciudad, dejó un hueco que ninguno de ellos pudo llenar. Las travesuras no tenían el mismo color, las amenazas a los chicos del barrio vecino carecían de credibilidad y hasta los partidos de fútbol en la placita parecían sosos.
La barra no se separó, aunque las horas que pasaban juntos, eran cada vez menos. Algunos preferían, antes de aburrirse, quedarse en sus hogares a mirar televisión o jugar con la computadora.
Ilustración de Caio Di Lorenzo
Pero todo cambiaría ahora con el regreso del Carlos. El entusiasmo de los amigos de la infancia era tal que desde hacía una semana que venían juntándose después de almorzar y no se iban a sus casas hasta que algún padre no se asomaba a llamarlos para la cena.
Hacían planes, aventuraban nuevas travesuras y hasta hacían conjeturas de cuán cambiado estaría el Carlos. Algunos decían que tendría el pelo más largo, otros que ya andaría por el metro sesenta, y no faltaba el que pronosticaba que estaría más gordo. Pero nadie dudaba que todo volvería a ser como antes.
Aquel sábado cuando vieron pasar por la calle que entraba al barrio al camión de la mudanza cargado de muebles, los chicos salieron al trote en dirección de la casa donde siempre vivió el Carlos y que, desde la partida de la familia, ocupaban sus abuelos.
Dejaron sus bicicletas sobre el cordón de la vereda y se sentaron a esperar la llegada del amigo. No tardaron mucho en ver doblar hacia la casa, desde la calle principal, la vieja furgoneta del padre de Carlos. Y allí, en el asiento delantero, del lado del acompañante, estaba el Carlos. ¡Si hasta parecía el mismo que se había ido! Ni un ápice distinto. El mismo corte de pelo, la misma sonrisa, la confianza en la postura. Era él y los chicos ya estaban de pie.
La furgoneta se detuvo y los amigos se acercaron a la puerta, sonriendo al chico del otro lado de la ventanilla, que les devolvía la sonrisa y los saludaba con la mano. La puerta se abrió y Carlos, un Carlos más alto de lo que recordaban, pero para nada gordo, se apeó con la gracia de un ganador. Y de inmediato le llovieron los abrazos.
– Gracias chicos, gracias – les decía a cada uno, devolviendo generosamente cada gesto.
– Dale Carlos, apurate en bajar tus cosas y vamos para la plaza – le dijo el Willy, siempre impaciente.
Carlos sonrió. Esa sonrisa canchera que todos le recordaban, con la que sobraba a los chicos del barrio vecino sin que se le moviera un pelo. Los dientes blancos en fila, brillando con cierta picardía, la comisura estirada y los ojos acompañando con una mirada cómplice. El Carlos estaba de nuevo en el barrio, no existía duda alguna.
Y el Carlos dijo:
– Vamos che, que ya tengo quince años. Vayan ustedes, que todavía son chicos. Yo ya tengo otras cosas en la cabeza. Pero les agradezco que se hayan acordado de mí. Vayan, vayan, que acá tengo que ayudar a mis viejos con la mudanza.
Con los ojos tristes y sin comprender, los niños de la barra se fueron alejando. Miraban de tanto en tanto hacia atrás, esperando que el Carlos saliera corriendo detrás de ellos y les dijera que todo era una broma e iría con ellos. Pero el Carlos se había puesto a bajar valijas de la parte trasera de la furgoneta y ni siquiera les dirigía la mirada.
La barrita se retiró en silencio y en la medida que iban pasando por sus respectivas casas, se iba metiendo dentro, desmembrándose cuadra a cuadra el grupo.
De pronto, la barra ya no existía. Como la niñez y todo aquello que perdemos en el camino sin entender por qué.



Cuento publicado en el sitio GComics