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2 de junio de 2022

Aviones

A mi viejo lo empezamos a perder casi un año antes. Porque fue a principios de ese año, hace ya diez, que comenzó su periplo cíclico de internaciones cada quince o veinte días. Lo pasó siempre postrado, un tiempo en casa, otro en un geriátrico donde podían controlarlo mejor, y en diversas habitaciones del sanatorio local. 
Diez años en diciembre, la pucha. Una década. Cuando el final llegó, quedaban pocas lágrimas. Las habíamos llorado de a poco, durante todos esos meses previos. Fue, de alguna manera, saber que su cuerpo ya no sufría. La lucidez lo había dejado de acompañar mucho antes. Es triste la vida, claro que sí. 
Es difícil que escriba o me refiera a él, pero me acompaña siempre. En situaciones, recuerdos, enseñanzas, contrariedades, en fin, en muchas cosas. 
Pienso en el hecho que Jazmín jamás conocerá a su abuelo paterno. Que sí, seguramente lo hará a través de viejas fotografías, palabras nuestras, pero solo eso, como yo conocí a los míos por parte de mi viejo, fallecidos muchísimo antes que yo llegara al mundo. 
Pero más pienso en la circunstancia imposible, en la conjetura inútil, de imaginar cómo hubiese sido la relación entre ellos. Mi viejo, tímido para el afecto, al menos en la demostración física, con la pequeña Jazmín. Y si bien lo tendría que imaginar con la edad real que hoy tendría, lo veo más joven, aún de pie, lucido e inteligente, derrotado ante el avasallamiento de su nieta, rendido ante su risa y riendo con ella, tomándose de la panza, como solía hacer, jugándole alguna broma inocente mientras le habla de aviones y le muestra muchas de sus réplicas a escala (que a pesar de haber sido destruidas por nosotros, sus hijos, torpes en sus juegos, mágicamente están ahí, en manos de mi niña).
¿Estará de algún modo presente? Me asalta la duda. Porque Jazmín cuando escucha un avión o helicóptero en los aires, esté donde esté, reclama al borde de la histeria que la lleven dónde pueda observar el cielo. Y qué alegría cuando sus ojitos descubren la figura en lo alto. 
Nació de ella, y se mantuvo con el tiempo, por el afán nuestro de seguirle el juego. Cada tanto me pregunto si las casualidades son parte de un todo... pero son tonterías mías. No conoce a su abuelo. No sabe cuánto amaba la aviación. 
También me pregunto si alguna vez dejará de interesarse por los aparatos voladores. 
Quizá si, quizá no. 
Por lo pronto, yo corro con ella en brazos para no dejarla sin el espectáculo. Y si, no lo voy a negar. También espero ver alguna señal, algo, lo que sea, que me diga que está ahí.
Por instantes siento que en mis brazos hay parte de eso que busco. Algo de mi viejo, del Toto, sobrenombre por el que nunca lo llamé, pero que en este tiempo de ausencia incorporé con fuerza a su recuerdo.
Diez años en diciembre. Me sale escribirlo hoy, porque sé que cuando el aniversario se cumpla, no voy a tener el valor para hacerlo. 

17 de abril de 2022

Una luz

Cuando el teléfono sonó, pensó que era parte del sueño. Sin embargo, abrió los ojos y en la penumbra de su habitación siguió escuchando el sonido. Tanteó la mesa de luz y tomó su celular. Las tres de la madrugada. La que llamaba era Mabel, su mejor amiga.

La atendió aún aturdida.

-          ¡Ana, tenés que venir a casa, rápido! ¡No lo vas a creer!

No le dio tiempo ni a recordarle la hora que era. Mabel cortó. Ana se sentó en la cama y sopesó las posibilidades. Volver a acostarse; levantarse, ir al baño y volver a acostarse; levantarse, ir al baño, cambiarse y salir para la casa de Mabel.

Cinco minutos después la brisa fresca de la noche golpeaba su rostro, ayudándola a despertarse del todo, mientras pedaleaba con esfuerzo para acortar las quince cuadras de distancia que la separaban con su amiga.

Conocía bien a Mabel. Si no iba, en una hora iba a estar llamándola otra vez. ¿Qué sería esta vez? Ana repasaba mentalmente los últimos dos llamados imprevistos de su amiga. La vez que sin querer decapitó a su conejo al querer usar la bordeadora de césped con la tanza mal colocada y cuando se incendió el cabello tratando de sellar las puntas de una trenza. Claro que ambos llamados habían sido en un horario más acorde.

No estaba muy lejos de la casa de Mabel cuando vio las luces. Eran cuatro, de tonos azules a verdes, casi pasteles, que se movían en el cielo. Parecían danzar en círculos, para luego desarmar la formación, ir de un lado a otro como en un ataque de locura y finalmente, retomar esa forma circular en la que iban rotando lentamente.

Supo que estaban encima de la casa de su amiga antes de llegar a ella. E incluso sabía, de antemano, que Mabel estaría en el techo, fotografiando cada movimiento.

Dejó la bicicleta en un pasillo que llevaba al patio y corrió hacia la escalera. El techo era un lugar muy especial para ellas. Se quedaban horas hablando, recostadas, mirando las estrellas, o las nubes, según la hora del día. En la privacidad de ese lugar, se habían confesado infinidad de cosas. Allí arriba se sentían más seguras que en ninguna otra parte.

Ana subió los escalones de a dos, cuidando de no pisar mal y al mismo tiempo, de no perderse el armonioso movimiento de las luces. Encontró a Mabel mirando hacia arriba, embelesada.

-          ¿Qué son?

Mabel le sonrió, pero no le contestó. Tampoco lo sabía Ana se puso a su lado, sin dejar de mirar hacia el cielo.

-          Primero pensé que estaba soñando. Luego me di cuenta que eran de verdad. Creo que son ovnis.

A Ana le recorrió un escalofrío por el cuerpo. Se dio cuenta que salió desabrigada. Pero no era por eso. Pensó en drones. En que alguien del barrio debía estar jugándoles una broma o peor aún, espiando a su amiga. Instintivamente miró a su alrededor. Desde el techo podía verse toda la calle. La mayoría eran casas bajas. La iluminación del alumbrado público era escasa, pero permitía una visión clara.

-          Mabel, ¿no deberíamos llamar a la policía? Mirá si es algún loco…

-          ¡Mirá! ¡Mirá!

Mabel la zamarreó de un brazo con entusiasmo y Ana se vio obligada a volverse otra vez hacia las luces. Quedó con la boca abierta. Las cuatro luces se estaban acercando entre sí, convirtiéndose en una sola. El resplandor se volvió tornasolado, casi enceguecedor. Ana sintió que cada extremidad vibraba. Por un instante creyó, también, que su cuerpo se elevaba del suelo. Mabel comenzó a agitar sus brazos, tratando de llamar la atención de la luz. Ana quiso detenerla, sin saber muy bien por qué.

Sobre sus cabezas había una sola bola enorme de luz. La noche desapareció de sus ojos. Aquel brillo era tan fuerte que no había lugar para las sombras. De pronto la intensidad aumentó de tal manera, que Ana no pudo hacer otra cosa que cerrar los ojos y apretarlos con fuerza, porque incluso así la luz parecía penetrar con fuerza bajo los párpados.

Cuando los abrió, otra vez estaba la noche. El cielo negro, claro, sin nubes, repleto de puntos pequeños, con un brillo humilde, lejano, distante, pertenecientes a estrellas a millones de años luz. Respiró hondo. La gran bola de luz ya no estaba. Las luces de colores se habían ido.

Le tendió la mano a su amiga, pero el movimiento pasó de largo, sin toparse con nada. Giró su cabeza y descubrió que era la única persona sobre el techo.

-          ¿Mabel?

La buscó con la mirada. Luego, asustada, corrió hasta los extremos del techo, temerosa de encontrarse, tres metros y medio más abajo, con el cuerpo de su amiga. Pero no estaba en ninguna parte. Bajó corriendo las escaleras y fue directo al interior de la vivienda, por la puerta trasera, que estaba abierta. Corrió por el pasillo, a oscuras, sin que le importara despertar a los padres de Mabel. Llegó hasta la habitación y abrió la puerta. Estaba vacía. La cama tendida con suma prolijidad.

Escuchó ruidos a sus espaldas.

-          ¿Ana?

La madre de Mabel se llevó las manos al pecho, asustada. Al ver a Ana se serenó. La tomó de la mano y la llevó hasta la cama.

-          ¿Estás bien, querida? Nos asustaste. Ay, mi amor. Sabemos que te duele tanto como a nosotros, pero tenés que empezar a recordarla y saber que ya no va a volver. Vení, vení, dame un abrazo.

Ana se vio envuelta por los brazos por la mamá de Mabel y entonces lo recordó. El velorio, el cementerio, el llanto incontenible durante días, meses. Se puso a llorar con fuerza.

-          ¿Y las luces? ¿Dónde fueron las luces?

-          Ana, mi amor. Ella ahora es una luz. Una hermosa luz que brilla en nosotros. Ay, Dios… era una hermana para vos. Cómo duele, por favor. ¿Roberto, estás ahí? ¿La llevarías hasta la casa? Mirá cómo está... mi cielo. Mirá cómo está.

31 de enero de 2022

Ausencia (ilustrado por Esteban Porrini)

Cuando al viejo Anselmo dejamos de verlo por el barrio sospechamos que se había ido a vivir a otra parte. Porque el viejo siempre renegaba de la ciudad, del clima de la zona, de los malditos inspectores que no lo dejaban trabajar en paz.

Su figura encorvada, mal vestida, de paso cansino, empujando siempre el mismo carro de enormes ruedas de metal oxidadas, era una imagen habitual en nuestras calles. Y su silbido, tan particular, cruce de jilguero y pato atragantado, era un sonido que nos hacía saber que rondaba cerca.

Y a pesar de estar siempre refunfuñando, lo queríamos. Escuchábamos cómo despotricaba y se quejaba de absolutamente todo, mientras le acercábamos cartones, que tan rápido como los recibía los arrojaba dentro del carro, y muchas veces, comida o algo de dinero.

El viejo jamás te daba las gracias. Al menos no con palabras. Pero la veías implícita en la forma en que sus ojos te miraban. Y qué mejor agradecimiento que aquel que te devuelve un brillo tan genuino.

Su piel tenía el color cobrizo que los años expuestos al sol habían tatuado para siempre. El cabello ralo y escaso parecía flotar de formas extrañas. Era blanco como la barba, aunque ésta algo amarillenta alrededor de la boca, a causa del tabaco que jamás le veíamos fumar, pero que evidentemente lo acompañaba en los momentos que nos eran ajenos.

Porque, pensándolo bien, de Anselmo conocíamos poco y nada. A veces arrancaba a contar algo personal, de una hija o de un hijo, alejado, cómo él decía, pero luego callaba abruptamente y se perdía en sus cartones, como si la mirada férrea en el corrugado le devolviese los pies al presente, a su realidad, a la inequívoca certeza de que lo pasado pisado y sin más, cambiaba de tema, o arrancaba a quejarse de algo que le había pasado la noche anterior.

Sabíamos que se llamaba Anselmo, que vivía en el otro extremo de la ciudad, cerca de las vías (o lo suponíamos, porque las quejas del tren que ya no pasaba eran muy seguidas) y que juntaba cartones. Algunos aseguraban que estaba casado, otro que era viudo, que tenía hijos, que en realidad eran sobrinos, que lo inventaba todo, que había sido carnicero, que jugador de fútbol, que era uruguayo… sabíamos mucho de nada.

Teníamos, sin embargo, la tranquilidad de verlo. Y digo tranquilidad, porque su imagen yendo y viniendo, nos daba eso. La seguridad de que los días transcurrían, de que la vida iba hacia delante, y que Anselmo pasaba silbando a su manera, como una señal de que las cosas marchaban bien, de la misma manera que el sol salía cada mañana y la noche caía después del atardecer.

La sospecha de su mudanza nos duró poco, porque en breve comenzamos a tejer hipótesis sobre su salud. ¿Y si le había pasado algo? ¿Alguien había notado algo? ¿Había comentado con alguno si se sentía mal? Nos cruzábamos en las esquinas con los semblantes preocupados.

A los pocos días el malestar se hizo general. Éramos dueños de tantas teorías y ninguna certeza que la angustia nos carcomía por dentro y nos desfiguraba por fuera. Nuestros pensamientos giraban en torno al viejo. A tal punto, que estando varios en el almacén de Carlota, decidimos hacer una reunión barrial en la plaza el sábado siguiente.

No faltó nadie, ni siquiera Higinio, que era sordo, pero que igual se había acercado con una silla de respaldo de mimbre, para no perderse nada de lo que pasaba.

Hablamos todos, mostrando preocupación, tratando de recordar, interrogándonos unos a otros, buscando de hacer memoria sobre quién y cuándo lo había visto por última vez. Que Pedro en la esquina de su casa, que Elvira cerca de la escuela, que Fulano allá, que Mengano acá. No había manera de ponernos de acuerdo. Ni siquiera del día. Porque había veces que pasaba silbando a diario, y otras, que espaciaba sus visitas día por medio. ¿Y entonces, dónde iba cuando no venía? ¿Dónde ocupaba su tiempo? ¿Cómo es que no lo sabíamos? Nos sentimos culpables de esa ignorancia. Nos pusimos melancólicos y comenzamos a narrar anécdotas o encuentros con el viejo.

Una historia tras otra, algunas más felices, otras más tristes, nos empezamos a relajar, a sonreír, a soltar una lágrima. De alguna manera, nos sentimos mancomunados. Estábamos todo allí, en torno a un mismo recuerdo. Don Anselmo nos enlazaba a todos. Nos hacía fuertes, de la misma manera que la incertidumbre por su ausencia nos quebraba de un solo cachetazo.

¿Era acaso el viejo tan solo un simple cartonero renegado que silbaba mal? ¿O se había convertido en un corazón que bombeaba una energía invisible en nuestras vidas?

Nos pusimos en campaña para ubicarlo. Llamamos a hospitales, clínicas, refugios, centros comunales, recorrimos la zona en auto, bicicleta, a pie. Pusimos carteles en los postes de la luz. Fuera de nuestro barrio, nadie conocía a Don Anselmo. Ni siquiera en la zona de las vías. Visitamos basureros, centros de reciclaje de cartón. Hablamos con otros cartoneros. Ninguno reconocía la descripción que hacíamos del viejo. Caímos en la cuenta, tarde, que no teníamos una sola fotografía de él para mostrar. Nadie en el barrio lo había fotografiado jamás.

Durante meses buscamos inútilmente. Solo nos reconfortábamos al hablar de él, de los recuerdos que nos traía evocarlo. Le hicimos una placa en granito que colocamos en la plaza con la esperanza de que algún día volviera y se alegrara al verla.  Algunos dejaban flores durante las noches. El insomnio nos encontraba merodeando por las calles, perdidos, mirando el horizonte, las esquinas, creyendo escuchar el silbido que no era, viendo siluetas de un viejo tirando un carro que no eran otra cosa que sombras proyectadas por árboles morbosos que jugaban con nuestros deseos.

Nos resignamos a perderlo, a dejarlo ir. A entender que su ausencia dejaba al descubierto necesidades que hasta entonces no habíamos tenido en cuenta. Desde entonces los vecinos estamos más unidos que antes. Como si fuéramos una gran familia. Es extraño, pero todo sucedió a partir de la pérdida de esa presencia cotidiana en nuestras calles.

Cada tanto, alguien se atreve a preguntar en voz alta lo que otras personas pensamos, si es que acaso Don Anselmo realmente existió, si no fue acaso producto de una imaginación, un fantasma colectivo difícil de explicar.

La placa con su nombre en la plaza tiene flores frescas todos los días. Y no es extraño creer escuchar su silbido a lo lejos, aunque termine siendo siempre otra cosa. Cientos de veces hemos corrido a la vereda con el corazón en la boca, para encontrarnos con la calle vacía. Pero al darnos vuelta, vemos a otros repitiendo nuestros gestos, con esa esperanza latente en los ojos. Y nos reconocemos, sonreímos y volvemos a lo nuestro. Pero alegres, felices. Porque, aunque no lo vemos, Don Anselmo sigue estando. Es parte de uno. De todos.


Ilustraciones de Esteban Porrini

18 de octubre de 2021

Tac Tac Tac

Ella también es una sobreviviente. En la era post pandemia, en mayor o menor medida, todos lo son. Nadie salió indemne. Lucía se seca las lágrimas. Y vuelve a la carga con la cuchilla.  Tac Tac Tac.  El sonido es parte de la rutina. Atraviesa la cocina y llega incluso hasta el mostrador. La joven es eficiente, puntual, educada. Los dueños le han ofrecido en reiteradas ocasiones pasar a otras tareas, dejar de picar cebollas, que es todo lo que hace. Le han visto condiciones para atender al público, incluso la confianza como para manejar dinero en la caja. Pero Lucía dice que no, tantas veces como se lo proponen. No da explicaciones. Solo agradece y vuelve a lo suyo. Es que no comprenderán que está en el lugar dónde quiere estar. Que es allí, delante de la tabla de picar, en aquel restaurante tan concurrido, donde la cebolla se transforma en su aliada y maquilla las lágrimas de tristeza que no cesan de doler. Se sobrevive, día a día. Como se puede, dónde se puede…


31 de julio de 2021

La reja

Clarisa me convenció de no ir a verla. Quisiera pensar que no fue así, pero es la única verdad. El que no la conoció pensará que bastaba con no hacerle caso e ir igual. Y aunque pareciera, Clarisa no estaba loca.
La última vez que no le hice caso, me sujetó la muñeca con fuerza, dobló hacia atrás mi mano y me clavó una navaja en el medio de la palma.
Así que si ella decía que no, lo mejor era no contradecirle.
Lo que pasó, por otro lado, era cuestión de tiempo. Su apariencia de anciana amable era una simple fachada. Había llegado al barrio ya con los cincuenta largamente cumplidos. Había dicho a los nuevos vecinos que necesitaba cambiar de aire tras haber quedado viuda y por eso necesitó mudarse. En parte era verdad. Su esposo había muerto. Cinco balazos en la cabeza, producto de una lucha de poder.
Clarisa se mudó de su ciudad, pero se llevó consigo dinero, merca y los contactos. Y transformó su nuevo hogar, en un búnker bastante desapercibido. Vendía a través de una reja muy pintoresca, que daba a la calle.
Si alguien vio los movimientos, jamás sospechó de Clarisa. Los compradores se acercaban e intercambiaban el dinero por la sustancia tan rápidamente que parecía que pasaban de largo delante de la reja sin detenerse.
Ella tenía una política, y era no venderle al consumidor final. Solo a revendedores. De esa manera, era mucho más fácil.
Yo era su persona de su confianza. Me permitía visitarla, ver cómo estaba, acercarle algo si es que le hacía falta. En el barrio pensaban que era su sobrino. Ella apenas que asomaba la nariz a la calle, solo lo hacía para algunos mandados puntuales, en los que no confiaba en nadie, ni siquiera en mí. Por ejemplo, ir al banco y depositar el dinero.
Sin embargo, en este rubro es complicado llevar una vida sin sobresaltos. Cuando los otros vendedores de la zona se dieron cuenta que tenían una competidora, comenzaron a enviar señales amenazantes. Llamadas telefónicas, cables de energía cortados, golpes en la noche en las ventanas y más de un gato o paloma muerta arrojada por encima de la reja.
No era extrañar que sucediera. Ella misma me llamó por teléfono. Fue escueta. La habían engañado, la citaron para una venta a la reja, y al asomarse le tiraron tres tiros que impactaron en el pecho. A rastras llegó hasta el teléfono y en lugar de llamar a una ambulancia me llamó a mí. Le dije que salía para allá pero me detuvo. No era su intención llamarme para eso. Además, me confió, no había esperanza alguna. Agonizaba. Me dio los datos de sus cuentas bancarias, me reveló dónde escondía la droga y también el nombre de la persona que le había disparado.
Y aquí estoy, esperando en la noche, con un 38 en la mano. El mismo que ella me dió hace unos años, para sacar del camino a su esposo.
Lo usaré en breve para vengarla. En este rubro, lo único seguro, es una muerte violenta.

8 de julio de 2021

Pibes [basado en una fotografía de Fabricio Garfagnoli]

 A la vuelta de casa había construcción de una vivienda de tres pisos que de un día para otro había quedado detenida. La planta baja parecía casi terminada, con el detalle de la ausencia de revoque, pero el piso superior tenía paredes sin completa y el último era un esqueleto con el techo de madera a medio colocar. 
Se decía que el dueño había fallecido, qué había perdido una fortuna en el casino, que su mujer estaba enferma, que lo habían metido preso... el barrio tejía sus propias versiones, sin importarle la verdadera. Y sinceramente, a nosotros tampoco nos importaba.
Éramos cuatro amigos con todo el tiempo libre, padres con dinero y la posibilidad de tener nuestro propio lugar durante las noches: la planta más alta de la casa en construcción, a la que subíamos con sigilo tras cruzarnos al terreno desde el patio de Enzo.
El techo sin terminar, con los tirantes de madera dejando a la vista el cielo y las estrellas, nos brindaba la sensación de hogar que sentíamos, no teníamos en nuestras respectivas casas.
Nos tirábamos de espalda al piso sobre el concreto áspero y frío, y dábamos cuenta de las latas de cerveza que llevábamos en una conservadora.
Cuando se acababan, armábamos algunos porritos y nos los íbamos pasando uno a otro, disfrutándolos de a una pitada.
Las noches eran perfectas y nuestras. El irremediable retorno a nuestras viviendas era un fastidio. Tener que escuchar a nuestros padres, era un dolor de cabeza. Éramos unos pibes. Y así entendíamos el mundo.
Crecimos de golpe un verano, el último antes de ir a la facultad. Aún me duele rememorar esa noche de calor agobiante. Estábamos en cuero, tomando cerveza bien fría, cuando escuchamos ruidos que venían de abajo. Nos quedamos en silencio, creyendo que podían ser gatos.
Luego escuchamos los gritos de una chica, una voz grave que exigía silencio y el sonido inequívoco de un cachetazo. Nos miramos. Teníamos el corazón acelerado. Y miedo, mucho miedo. Dos pisos más abajo, una chica necesitaba de nuestra ayuda.
Nos pusimos de pie, tratando de no hacer ruido. Y con la agilidad de los cuerpos adolescentes, escapamos descolgándonos por dónde faltaba una pared, hasta alcanzar un árbol enorme que había en el patio. Pálidos cruzamos el tapial y nos escondimos en la casa de Enzo.
Nunca más volvimos a esa casa. Hoy en día ya está terminada. Me cuesta incluso pasar por el frente y mucho más, poder mirarla. Me avergüenzo de quién soy, quién era, de quienes fuimos. Cinco días después de esa noche, el lugar se llenó de policías. El cuerpo de una joven violada y estrangulada hacía sobre el concreto del primer piso. Nunca encontraron al responsable.
Desde entonces nosotros sabemos que fuimos los verdaderos culpables. Que podíamos haberla salvado. Nos cuesta mirarnos los rostros, entablar un diálogo. Y cuando lo hacemos, cuando es inevitable, tarde o temprano, sin que nada obligue a decirlo, la frase hecha se deja caer a modo de reprochable excusa: "éramos unos pibes".

Publicado originalmente en "Historias en 35mm" perfil de Instagram: https://www.instagram.com/historiasen35/


14 de junio de 2021

Esquinas (basado en fotografía de Fabricio Garfagnoli)

Es difícil volver. Siempre. Es viajar en el tiempo sin ninguna clase de truco o ciencia ficción de por medio. Es también una forma de morir, de acelerar las razones. Pero, muy a pesar, es necesario. Porque en ese cruce están los fantasmas que claman por no ser olvidados. 

Visten con el color de la melancolía y sus pasos son inciertos, como si flotaran a causa de la brisa que los recuerdos soplan. Los veo reír y llorar al mismo tiempo, con esas máscaras que provocan estupor. Gritan una silenciosa proclama de justicia, pero nadie los escucha. El sonido de los motores, de los  frenadas, los sepultan.

No estoy sola, ni solo, ninguno de nosotros. Somos varios los que peregrinamos a diario y sostenemos nuestros cuerpos durante horas en esas esquinas. No nos hablamos, no sabemos nuestros nombres, pero nos conocemos y reconocemos. Somos el dolor del que sobrevive, somos la pena del que extraña. Somos uno y somos todos. Y en nuestras miradas está el asentimiento, la aceptación de nuestro rol en la existencia. Somos los que quedamos y como tales, estamos obligados.

A recordar, a reclamar, a dar batalla. Pero principalmente, a volver. Todas las calles, todas las rutas, son tierras de fantasmas. 

¿Y ellos, nos ven? ¿Se observan entre sí? ¿O acaso el maleficio que los acecha los confronta con los verdugos de su muerte y lo que ven no son otra cosa que los fantasmas de los vehículos, que como una exhalación, pasan de un lado hacia el otro, en un vaivén infinito, molesto, irónico. Autos, motos, colectivos, camionetas, utilitarios, camiones, entre lo traslúcido y lo demencial, entre el sueño y la pesadilla. Los fantasmas de los fantasmas, en el cruce de calles que observamos desde nuestras esquinas, las que nos quedaron como legado, por haber sobrevivido, por batallar contra el olvido, por tener la valentía cada día de viajar en el tiempo y la cobardía de no poder cambiar el destino.

Publicado originalmente en "Historias en 35mm" perfil de Instagram: https://www.instagram.com/p/CP-9pVfjjgR/



23 de mayo de 2021

Aniversario, por Gisela Bernardini


El relato corto "Aniversario", narrado y representado por la actriz Gisela Bernardini.


25 de abril de 2021

Pan y queso

Cuando era chico todos querían hacer pan y queso conmigo, porque ganara o perdiera, elegía a mis amigos más cercanos y el rival de turno, a los que mejor jugaban a la pelota.
Perdíamos siempre por goleada y más de uno se enojaba porque al elegirlo no le daba la oportunidad de estar en un equipo mejor. Pero eran broncas pasajeras. La amistad no se definía por derrotas en el patio de la escuela o el baldío de la esquina.
Íbamos para todos lados juntos y cuando las vicisitudes de la vida nos fueron llevando por diferentes caminos, la relación no se perdió. Como si el ritual de elegirlos una y otra vez en el pan y queso hubiese ido forjando una unión imperecedera, fuerte, inquebrantable. Sabíamos entonces que íbamos a perder en la cancha, pero que a pesar de eso, estábamos juntos.
Con el tiempo, en la medida que crecimos, aprendimos que las distancias y ocupaciones suponían obstáculos, pero como en el pasado, estábamos el uno para el otro.
¿Sucedía lo mismo con los que jugaban en los equipos contrarios? No, claro que no. Esos equipos se armaban para ganar, para competir, para saborear lo efímero del triunfo. Nosotros apostábamos, sin saberlo, a lo perpetuo del abrazo, de la risa cómplice, de esa mano necesaria en los momentos difíciles.
¿Te acordás cómo nos cagaban a goles? suele decir alguno cuando estamos todos, anticipando la carcajada general ¡Es que a este boludo le gustaba que nos rompieran el culo! acota entre las risas algún otro.
Incluso nos reímos en la vereda de la casa fúnebre, cuando nos toca despedir al primero que parte del grupo, joven, de manera injusta. Nos reímos porque es parte de la esencia, porque tácitamente nos prometimos estar siempre, ser el hombro dónde apoyarse. Y porque llorar no soluciona nada. Ni entonces, cuando ellos iban diez y nosotros cero, y la impotencia nos volvía torpes las piernas, pero jamás nos permitíamos sentir vergüenza. Cómo avergonzarnos de la amistad.
Y mientras el cortejo fúnebre avanza, nos relojeamos por los espejos retrovisores. Nos reconocemos tristes, perplejos. Pero somos un equipo. Y sabemos, como cuando éramos pibes, que la vida nos va a terminar ganando por goleada. Sin embargo, nos elegimos, en un pan y queso para siempre. Y allí estaremos, tratando de sonreír cuando en realidad queremos morirnos, dándonos un abrazo cuando quisiéramos escondernos en un rincón a llorar, porque las derrotas por supuesto que duelen y lastiman, pero así, en equipo, el rival tiene que hacer un mayor esfuerzo. Y no podemos caernos, ninguno. Sabiendo el resultado, puteándonos por alguna distracción, apretamos los dientes y seguimos adelante. ¡Estúpido, para qué me elegís! me grita alguno. Y apretándome la mano, años después, mientras suprime una lágrima, se responde y me agradece: Para esto, hermano. Para esto.

23 de abril de 2021

Método

Cada escritor tiene sus métodos para inspirarse. No se trata de musas, sino del ejercicio mental que impulse el nacimiento de ideas. 
El mío era muy sencillo. Tomaba frases escuchadas al pasar en la calle. Un extracto de una charla, un grito desde alguna ventana, las palabras de alguien hablando por teléfono... 
Desde allí partía o hacia esas palabras debía llegar. Lo cierto es que me acostumbré tanto a esta forma de parir argumentos para mis cuentos, que olvidé otras formas de escribir un buen cuento.
Pero llegó la pandemia, el miedo a contagiarse, el encierro. No salgo a la calle, mis vecinos están lejos, y el del correo.cada vez que viene solo me pregunta el DNI.
Por eso es que he dejado de escribir, no puedo hilvanar ni dos palabras seguidas. He probado decir frases en voz alta, pretendiendo que fueran palabras escuchar al azar, pero no ha funcionando. Me he descubierto diciendo cosas sin sentido, gritando barbaridades por la ventana, e incluso, susurrando oraciones inconclusas que me motivara a completarlas. 
Pero he desistido, en parte por lo inútil de la idea, en parte por vergüenza. 
Ahora en mi casa el silencio es ensordecedor y la página, blanca inmaculada.


7 de marzo de 2021

Ritual

Empilcharse bien, pero bien bien, nada de zapatillas y ropa casual. Un regalo de los que a ella le gustan, bombones, algún chocolate importado, ninguna chuchería para sacarse el compromiso de encima. Y la sonrisa. Siempre la sonrisa. Después, esperar el bondi, viajar cuarenta minutos, caminar hasta la florería, rosas blancas, y finalmente, ir hasta la tumba. Y decirle, cómo cada día, cuánto la ama.


Microcuento publicado en la edición #112 de Revista Huellas de Tinta

26 de febrero de 2021

Axioma para el dolor

A veces las palabras no alcanzan, y otras veces ni siquiera son necesarias. Cuando el dolor nos carcome, esas voces nos calman, esa mano en el hombro nos reconforta, ese abrazo nos sana.
Y cuando nada es suficiente, solo queda el tiempo, cuyo paso es inexorable. 
Los vacíos en el alma nunca podrán llenarse, aunque podremos atrapar recuerdos para que nos acompañen por siempre, y que al evocar nos traigan sosiego, dicha y la esperanza, siempre latente, de volverte a ver.

20 de febrero de 2021

Infortunio en la oficina

 El joven se acercó a su patrón, que hacía cuentas en su escritorio. Le había costado horas de insomnio y mucha valentía recorrer el pasillo hasta esa oficina. Se paró bajo el marco de la puerta, entre abierta y trató, sin suerte, de decir algo. No le salió la voz en el primer intento y el hombre ensimismado delante de facturas y otros papeles no registró su presencia.

Carraspeó con fuerza, aunque el sonido fue tenue, apagado, tembloroso. Entonces, el patrón levantó la vista. Lo interrogó con la mirada y sostuvo el cuerpo erguido, esperando una respuesta. Fue cuando el joven tomó coraje y dio un paso hacia el interior del recinto. Pero los nervios lo traicionaron, se pisó los cordones, trastabilló, trató de frenarse pero se chocó una silla, se enganchó una pierna con la pata de metal, intentó asirla en el aire pero sin querer le pegó un puñetazo y el respaldo se dirigió raudo y letal a la frente de su patrón.

Detuvo su accidentada carrera dándose el abdomen contra el escritorio. Su patrón había desaparecido. Solo quedan los papeles y un reguero de sangre que atravesaba de lado a lado el escritorio.

Dolorido, el joven rodeó el mueble. Su patrón estaba caído de espaldas, los ojos bien abiertos, los brazos en cruz y con un tremendo corte en la frente, que empezaba justo entre una ceja y la otra y subía con furia hasta el cuero cabelludo. La sangre seguía brotando, como un manantial infernal.

Se tomó la cabeza, miró hacia un lado y el otro. Amagó con salir corriendo, pero sabía que se toparía a la salida con la secretaria y le llamaría la atención la corta visita. ¿Qué hacer? ¿Cómo resolver la situación? No tenía la menor idea. No podía revivir al hombre. Porque estaba muerto. No le quedaban dudas. Nadie sangra de esa manera y sigue vivo. Además, los ojos seguían abiertos, mirando el techo enmohecido. Aunque no miraban. Ya el cerebro no recibía ninguna señal de los órganos. Solo la sangre seguía en movimiento.

Tuvo ganas de vomitar. Se llevó las manos a la boca. Corrió hasta el macetón más cercano, donde crecía un palo de agua. Cerró los ojos y escuchó con asco cómo despedía el desayuno. Pensó que había terminado, pero otra bocanada lo asaltó por sorpresa cuando se ponía de pie. El "splash" contra el piso salpicó toda la pared. Mantuvo los párpados abajo, con una fuerza notable. Tanteando llegó al escritorio, y de la misma forma, buscó algo para limpiarse la boca. Agarró algunos de los papeles que revisaba su jefe antes del infortunio y se los pasó por la boca. Entonces recordó que tenían sangre y volvió a vomitar. Ya no le importaba saber dónde.

Abrió los ojos y salió corriendo hacia la puerta. Pero los cordones seguían desatados y volvió a pisarlos. Se fue de cabeza contra la pared. Golpeó de lleno contra el zócalo de madera, que tenía algunas astillas sobresaliendo. Sintió el dolor cuando le atravesaron la piel, pero fue solo un instante.

La secretaría se asomó a la oficina varios minutos después. Dicen que los gritos se escucharon en varios pisos del edificio. La escena fue demasiado para la mujer, que se desmayó tras agotar de aire los pulmones. La policía interrogó a todos los empleados. Uno de ellos, muy allegado al joven, juró y perjuró que el muchacho solo iba a pedir un aumento. Nadie le creyó. Los diarios titularon "Trágico desenlace tras pedido de aumento". En radio conjeturaron una pelea atroz, sin tregua. El patrón fue lamentado. El empleado, repudiado. Jamás pudieron determinar que pasó en ese lugar, pero la sentencia pública fue determinante. Desde entonces, en la empresa, cada empleado tiene un encuentro mensual con un psicólogo. Y ya no se permiten visitas a solas de un subordinado a su jefe.

Sin reproche de por medio, la empresa sigue entregándoles zapatos con cordones a sus trabajadores.

12 de febrero de 2021

Ouija

Todos conocen a William Temo, el maestro del dibujo. Comparto con él la asistencia a un club cultural de la zona. Allí nos reunimos varios artistas a hablar de arte, generar proyectos conjuntos y lo más importante, tomar vino y cerveza.
Lo que quizá no conozcan de Temo, es su facilidad para la distracción. Hace poco se me acercó y me pidió el teléfono del viejo Harrinson, un gran crítico literario. Lo miré unos segundos y le sugerí una ouija. Sus ojos me interrogaron con recelo. ”¡Pero claro, hombre, lleva una década muerto!" exclamé.
A la semana siguiente, volvió a acercarse. Me miró sonriendo. ”El viejo Harrinson le manda saludos, y dice que su última novela es una bosta".
Me dejó la ouija sobre la mesa y guiñando un ojo se alejó. Había una nota al lado de la tabla: "Por si quiere refutarle".

28 de enero de 2021

El secreto de los árboles

Cuenta la leyenda que los árboles guardan un secreto que conocen desde tiempos remotos y que se transmiten unos a otros a través de las raíces, y que cuando están muy distantes, el viento se transforma en el mensajero que lleva el recado envuelto en su susurro misterioso que solo ellos pueden descifrar.
Un sabio dijo una vez que creía haber descubierto cómo los árboles guardaban ese secreto. En realidad, ni siquiera lo escondían, sino que lo exponían a la vista de todos, a través de sus hojas. Porque cada hoja era una palabra, cada rama un párrafo y la suma de todo, el mensaje.
El mismo sabio dijo también que ese texto secreto para el entendimiento de las demás especies, guardan con recelo el misterio de la existencia del universo.
Cuando las hojas caen, el texto se desarma, se vuelve incompleto, hasta que vuelven a crecer nuevas hojas y reescribir el mensaje. Cómo si el árbol en si fuese un cosmos en constante explosión e implosión. 
Todos los árboles nos dicen lo mismo, una y otra vez, felices de nuestra ignorancia, orgullosos de su misión, aguardando quizá el ser vivo que en algún tiempo remoto merezca la revelación de tan preciado misterio.

 

27 de enero de 2021

Meme

La solitaria figura de la mujer pasó desapercibida delante del Juzgado. El cartel que sostenía en sus manos rezaba en rojo QUIERO JUSTICIA. Así ocurrió un día, dos, tres... 
Volvió al cuarto día, con la amargura de los marginados y el temple de los esperanzados. El cartel gritaba con furia QUIERO JUSTISIA.
Entonces si, la gente prestó atención, se tapó la boca para simular la risa e incluso apareció en las redes sociales, dónde todo el mundo se mofaron del error. Para la noche, era meme.
La ironía de la visibilidad, en un mundo cada vez más retorcido.

14 de enero de 2021

Ácaros

Aquella piedra no solo parecía especial, era especial. Un meteorito de color cobrizo, de no muy grandes proporciones, al borde del arroyo de su pueblo. Nunca mejor dicho, un verdadero regalo del cielo. 
Al menos, para ella, aficionada a la geología y la astronomía desde pequeña, cuando sus abuelos la llevaban a caminatas nocturnas a las sierras, donde aprendió sobre el pasado encerrado en forma de piedras y lo inimaginable escondido en el infinito del firmamento.
Su sorpresa fue mayúscula al encontrar ácaros en las cavidades de la piedra. Y mayor aún el asombro al observarlos en su microscopio de alta precisión. Miles y miles de rostros con rasgos orientales, con una leyenda impresa en la frente: Made in China.

5 de enero de 2021

Prisioneras

una cárcel, su cárcel
no su casa,
no el encierro

una cárcel, su cárcel
no los barbijos,
no sus hijos

una cárcel, su cárcel
no la pandemia,
no los contagios 

una cárcel, su cárcel
los golpes
los insultos 

una cárcel, su cárcel
las humillaciones,
las amenazas 

una cárcel, su cárcel
el miedo,
el silencio

en su casa, en el encierro
con barbijos, con sus hijos
con pandemia y contagios
hay golpes e insultos
humillaciones y amenazas
hay miedo, hay silencio

y en su cárcel, su cárcel
es prisionera sin voz
de gritos ahogados
sin nueve onces ni
cientos cuarenta y cuatros

una cárcel, su cárcel
cuarentena eterna
de un mal violento
de un mal sin cura
de una muerte segura

una cárcel, su cárcel
esta sociedad enferma
de ojos cerrados
de oídos sordos
y labios pegados

1 de enero de 2021

La legendaria y temida Mirta Ramona Manuela

Mirta Ramona Manuela Esturión, maestra. Así solía presentarse ante sus alumnos en el salón de clases. De baja estatura, hombros anchos, sonrisa ausente y rostro serio, Mirta Ramona Manuela tenía fama desde siempre por una simple razón, que el resto del personal del colegio le envidiaba: en sus clases no volaba una mosca.

Su sola mirada era motivo suficiente para que en un examen nadie se atreviera a machetearse. Y pobre del que lo intentara y lo descubriera. Había leyendas en torno a eso que, a pesar del paso de los años, seguían contándose en los pasillos de la escuela. Algunos de los maestros actuales, habían sido alumnos suyos y aún se quedaban mudos cuando la cruzaban en la cocina, o el patio. Hasta la profe de educación física, de carácter fuerte y enérgicos pulmones, sobre todo a la hora de hacer sonar el silbato, hacía prácticamente una reverencia al darle paso.

Los chicos y chicas que el año anterior se habían enterado de que la tendrían al frente del aula no habían podido disfrutar de las vacaciones. Un par, incluso, se cambiaron de colegio. Sin conocerla, le tenían terror. Cuando llegó marzo con el inevitable comienzo de clases, el regreso a la escuela fue, para ellos, una especie de tortura. La sola idea de conocer a la legendaria Mirta Ramona Manuela le ponía los pelos de punta a cualquiera.

La primera semana pareció no terminar nunca. El fin de semana fue recibido como un oasis en el paraíso. El nivel de angustia llegaba a límites insospechables. Niños y niñas solo rezaban por un milagro. Y se dio. La pandemia que comenzó meses antes en China cruzó el planeta y lamentablemente, después de atacar la población de varios países, se instaló en el país. Una noticia triste para todos, salvo, para los alumnos de Mirta Ramona Manuela.

Tras algunos días de incertidumbre el Ministerio de Educación dispuso que las clases se impartieran de manera virtual. La directora llamó al teléfono fijo de Mirta Ramona Manuela, porque no usaba teléfono celular, para darle la noticia. Las dos se escandalizaron. La directora porque la maestra no solo no tenía celular, sino que tampoco computadora y menos que menos, conexión a internet. La maestra, porque no sabía nada de nada de tecnología y sabía que ni sus nietos, que prácticamente no se acordaban de ella, le iban a dar una mano.

La escuela armó un grupo de whatapps con los padres de los alumnos y le explicaron la situación. Ese curso debía aguardar a que definieran cómo se darían las clases, por la situación de Mirta Ramona Manuela.

La noticia llegó a oídos de Marielita, una de las alumnas. No podía entender cómo su nueva maestra no tenía ni siquiera una computadora vieja. ¿Cómo hará con sus amistades, ahora que no se puede visitar a nadie? ¿O cómo verá a su familia, que no tiene un celular para recibir fotografías? Marielita fue la única del curso que no sintió alegría, sino pena. Además, porque desde siempre la veía sola, con cara de ogro. Vivía justo en la casa de al lado, patio con patio, donde un tapial separaba los terrenos.

Sin decirle nada a sus padres, Marielita tomó una tablet que no usaba hace tiempo, la actualizó, la cargó y se trepó al tapial. A los gritos, llamó a Mirta Ramona Manuela.

-          ¿Quién hace este escándalo? - bramó la solitaria mujer, pero al ver a la niña, se acercó.

-          Mire seño, con esta tablet que no uso, puede ayudarnos a aprender mientras dure esta cuarentena.

-          Pero es que no sé ni prenderla querida, soy una analfabeta tecnológica. Solo leo libros y escucho radio. Si le dijera a la gente que no tengo televisor, no lo creería.

-          ¿No tiene televisor? ¡No se preocupe! Yo le enseño a usar la tablet y le comparto la clave del WIFI. Total, desde acá, no creo que nos contagiemos de nada.

Marielita cada mañana salía al patio, se trepaba al tapial y le daba una clase acelerada a Mirta Ramona Manuela. En una semana, ya se había hecho cuenta de correo y usaba el procesador de texto. En quince días, sabía buscar en google, unirse a videollamadas con otros maestros o la familia y hasta modificar imágenes.

-          ¿Vos que opinás, Marielita, ya puedo manejarme sola? le preguntó a la niña.

-          ¡Siii! Tiene un 10, seño.

Mirta Ramona Manuela no salió indemne de la cuarentena. Terminó contagiada. Pero no de COVID19, sino de amor. Seguramente cuando retorne al aula, será menos severa, aunque igual de justa. Ese miedo prejuicioso, de un lado y del otro, es una barrera invisible que a veces se crea de la nada, sin que nadie entienda bien por qué. Cuando cae, la mayoría de las veces, descubrimos detrás un universo maravilloso.

27 de diciembre de 2020

Seres infelices

Fueron tres o cuatro noches sin sueño, sin poder dormir, con el mismo pensamiento latente en la cabeza: ¿Y si esto no termina nunca?

No es fácil el encierro en soledad. La ventana se transforma en una pantalla de irrealidad, observando el exterior como si se tratara de otro planeta. De un momento a otro el hecho de estar tirado en el sillón mirando películas se volvió tedioso. Las noticias, que uno al principio esquivaba, se fueron transformando en la principal compañía. En las redes sociales, donde solía ser el sitio para las fotitos de las mascotitas, de las comidas que uno se atrevía a preparar a pesar de las limitaciones culinarias, comenzó a convertirse en el cuadrilátero de queja dónde buscar al oponente de turno para surtir una catarata de palabras que cara a cara uno no le diría a nadie.

Si algo faltaba al endemoniado cóctel de negatividad, fue el reguero de noticias falsas que recorrían el mundo cibernético, colándose muchas de ellas en los medios reales de información. O al revés, de los medios reales, colándose al mundo cibernético. Hay una línea muy frágil que separa ambos y ya nadie, a esta altura de la humanidad, puede distinguir.

Un rasgo irascible fue tomando cuerpo, poseyendo la toma de decisiones. Hubo un instante en el que me pregunté qué sentido tenía tanto cuidado si tarde o temprano íbamos a morir igual. Filosófico. Profundo. Un pelotudo, vamos.

Pero todavía me hacía falta un empujón más. El día de mi cumpleaños. Solo, con una torta pedida a una panadería por delivery, una vela estúpida encendida, la luz apagada y el celular en modo cámara de fotos con el timer activado, corriendo hacia el cero para capturar la instantánea del summum del ridículo. La foto me atrapó levantándome de golpe, como si le hubiese aplicado un filtro raro, de movimiento. Soy una figura estirada, difusa. Afuera de la imagen quedó lo otro. La rabia, la bronca, el golpe a la torta, la furia con la que voló desde la mesa hacia la pared, la crema por todas partes, la vela todavía encendida dentro de una maceta. Y yo, yo de pie, yo respirando agitadamente, yo a punto de llorar.

Miré por la ventana y vi los árboles sin sus hojas. ¿Cuándo había llegado el otoño, cuándo se había ido el verano? Busqué un abrigo, las llaves y pisando restos de tortas, atravesé la sala, abrí la puerta y salí a la calle.

Tuve que cerrar los ojos al llegar a la vereda. Levanté la mirada ciega al cielo, me dejé embargar por la brisa y recorrer palmo a palmo por la sensación de libertad, cual prisionero que sale luego de una larga condena. ¿Y cuál había sido mi crimen? En ese entonces pensé, que formar parte de una sociedad cobarde.

Y caminé, sin barbijo, sin protección, sin nada más que mi afán de ser libre, de gobernar mi propio mundo, de creer en mi destino y no en el propuesto por los demás. Y reí, y canté, y bailé, incluso cuando se largó a llover, incluso cuando algunas personas me decían, desde el otro lado de sus ventanas con barrotes, que me cuidara, que no fuera inconsciente.

Les extendí a todos el dedo medio. Los fulminé con la mirada. Y dejé que mis piernas me llevaran, que el instinto fuese mi brújula. Y en ese desierto de ciudad, escapé a los cuidados, a la cuarentena, a ese mundo sin sentido en el que me había abandonado.

¿Y saben algo? No lo vi. Al virus, digo. No lo vi. Y entonces pensé en las conspiraciones, en esas ideas que había tomado por locas y ahora me creía el testigo principal de la revelación. De la gran mentira. ¡Era el iluminado! ¡El elegido!

Hoy estoy enfermo, respirando a duras penas, rogando por un tratamiento eficiente, recostado sobre una cama entre muchas camas, en un pabellón apartado del resto del hospital. Trato de no pensar mucho, pero una vertiente de agua fría desciende sobre mi reciente soberbia y se avergüenza de la falta total de empatía que tuve no solo por mi propia salud, sino por la de los demás. Esa permeabilidad común del ser humano a las grandes mentiras. Esa necesidad de acomodar la realidad a los propios intereses. Y esa facilidad con la que otros, se aprovechan de las falencias y debilidades. Nos creemos seres inteligentes, pero nada es más vulnerable y manipulable que una persona.

Nuevamente hace tres o cuatro noches que no duermo, porque la fiebre y los dolores me tienen a maltraer, incluso tuve que valerme de un respirador en un par de ocasiones. Me siento tan mal que el pensamiento recurrente vuelve a mi cabeza muy seguido: ¿Y si esto no termina nunca? De una u otra manera lo hará. Ahora lo sé.

Añoro estar bien. Añoro el pasado, cuando esto no existía. Pero esta realidad es la que tengo, la que he conseguido. Y no me queda más que la resistencia, de este lado del vidrio, rodeado de lamentos y quejidos, de cuerpos que son cubiertos por sábanas, batallando por no morir. Comprendo, tarde, que a pesar de lo estúpido que pueda ser uno, hay gente que lo da todo por el otro, por salvarlo, y que, a la pasada, aunque sea un instante, nos aprieta la mano en señal de aliento, sin preguntarnos el nombre ni cómo pensamos.

22 de diciembre de 2020

El escritor

¿Qué es el tiempo? le preguntó. 
Es arena que se escurre entre los dedos, es la efímera sensación de no poder escribir jamás lo que tenemos dentro para contar.
¿Y que es escribir? 
Es cerrar los ojos aquí para abrirlos en otra parte. Luego volver y narrar aquello visto.
¿Si es tan solo eso, por qué le echa la culpa al tiempo de su escasa escritura?
Porque hasta ahora lo único que he hecho, es vivir con los ojos cerrados. 

7 de diciembre de 2020

Descanso

La puerta de calle estaba abierta. Sobre la mesa había un hilo de sangre. Llegaba hasta el borde mismo y se detenía, como si el metro que había hasta el suelo fuese un motivo suficiente.
Distante, sobre la cocina, entre dos hornallas encendidas, se veía una cuchilla. Un detalle bermellón decoraba el filo. 
La habitación era un revuelo de ropa por todas partes. En el baño estaba prendida la ducha. El reloj de pared estaba detenido en las cuatro menos cuarto. Sin embargo, la vivienda estaba vacía. 
El vagabundo se sentó en una silla y partió un pedazo de pan viejo que llevaba en el bolsillo, lo mojó en la sangre y se lo comió. Al calor de las hornallas se estaba bien. Aprovecharía luego para pegarse un baño y después se iría. Vaya a saber qué loco vivía en aquel lugar.

26 de noviembre de 2020

Corre, Diego, corre

Corre dejando atrás rivales,
corre sin dejar atrás a su equipo,
corre en el potrero, en La Paternal, La Boca, el mundo entero,
corre sin necesidad de mirar la pelota, porque la pelota es parte de su cuerpo,
corre para alzar la Copa, sin casarse con la FIFA,
corre para plantarse ante los poderosos, 
corre para alegrar a los que pierden día a día, para que se escuche su voz,
corre por su pueblo, que no conoce de fronteras, 
corre por la gente que ve en sus gambetas la prolongación de sus sueños,
corre por aquellos que lloran sin consuelo, enterrados en el barro de la vida
corre por quiénes no olvidan los orígenes en una villa, ni se avergüenzan de cartonear por pocos pesos,
corre para los que le rezan en una tierra de dioses imaginarios, al más humano de ellos,
corre para ser Diego, un tal Maradona,
corre para escapar de su fama, atrapado en su sueño,
corre para ser el mejor de todos, a pesar de los defectos,
corre no para ser un ejemplo, sino para señalarnos que nadie es perfecto,
corre hacia el infinito, como un barrilete cósmico sin dueño,
corre llevándose nuestros sueños, pero dejándonos miles de recuerdos,
corre para que lloremos, sin consuelo, huérfanxs en este duelo,
corre para que, a pesar de su partida, sigamos luchando ante las injusticias,
corre porque sabe que del otro lado, siempre hay un arco.

22 de noviembre de 2020

Fideos

Puse agua en una cacerola, prendí la hornalla, y dejé que hierva. Después agarré el paquete de fideos, lo abrí con cuidado de no desparramarlos por todas partes y dejé caer el contenido en el recipiente con agua hirviendo.
Aproveché para salir a la calle a sacar la basura. En qué momento comenzaron a explotar, lo ignoro, escuché los disparos a mis espaldas y volví corriendo, pero era tarde: las municiones habían hecho estragos en la cocina, además de matarme al gato.

14 de noviembre de 2020

Conjuro para no llorar


Se junta coraje, se respira hondo y dejando escapar el aire de a poco, se piensa en una sonrisa, en aquella caricia que aún nos estremece el alma, en las palabras de aliento alguna vez recibidas, en ese abrazo protector que se añora, en el aroma de la niñez que cada tanto retorna, en el gol de Diego en el ochenta y seis, en las manos que nos levantaron tras una caída, en esas palabras que alguna vez nos dijeron al oído y nos sonrojaron, en el sabor de las milanesas que uno comía cuando niño, en la sensación de ayudar al otro, en la melodía de una hermosa canción silbada, en las veces que nos arrancaron una risa con un chiste malo...

Y si eso no funciona y las lágrimas aprietan... solo nos queda mordernos los labios y aguantar.

Mordernos los labios (hasta sangrar).

6 de noviembre de 2020

T O C

Toc. Un toc. Tengo un toc. Mis oraciones crecen gradualmente. Incrementan de a una palabra. Si fueron cinco, ahora son seis. Esto confiere mucha dificultad a mis cuentos. Y la manía me carcome mucho la cabeza. He tratado el problema con un psicoanalista y nada. Últimamente pensé en dejar de escribir pero no he podido. Mis manos obedecen al inconsciente, mientras el consciente atormenta mi mente. Y entre palabra y palabra, crece dentro el deseo de ponerle fin. Levanto la vista, cierro la libreta, y sin terminar el cuento, digo adiós.

31 de octubre de 2020

Halloween

Muchos de sus conocidos renegaban de Halloween, por considerarla una celebración extranjera. Pero también lo era la Navidad de Santa Claus y allí eran pocos a los que oía indignarse. Por eso, ese año dejó los reparos de lado y vistió a sus hijos de Jason, Freddy Krueger y Predator. Con una sonrisa en el rostro, los incentivó a que salieran a recorrer el barrio.
A las dos horas la policía golpeó a la puerta. Al verlos, se le cayó el alma al piso. ¡Algo le había pasado a sus niños! Sintió que se quedaba sin aire.
Entonces, sosteniéndolo del hombro, uno de los informados le pidió que lo acompañara a la  comisaría.
- Hemos arrestado a tres pequeños, por decapitar y descuartizar a varias personas de la zona. Alegan ser sus hijos.
El hombre suspiró. Sus niños estaban vivos.

29 de octubre de 2020

Carcamán

El viejo Pascual estaba cada día más amargado. Cobraba la mínima, tomaba más de veinte medicamentos, estaba peleado con sus hijos y por lo tanto no veía a sus nietos, el almacén de la esquina había dejado de fiarle y por si fuera poco, la barrita de mocosos jugaba al fútbol delante de su casa y con la pelota le estropeaban el jardín que con esfuerzo mantenía.
Entonces, cada tarde, se asomaba a la ventana y los puteaba con todas las ganas. Después salía y montaba guardia en una silla, con cara de pocos amigos. Y cuando pasaban, los vecinos decían: "El viejo Pascual está cada día más amargado".
Y en realidad, era cansancio nomás.

23 de octubre de 2020

Caballito

Caballito ¡Ico! ¡Ico! Caballito ¡Ico! ¡Ico! repetía la pequeña mientras correteaba al lado de su galgo blanco y negro.
Las risas cruzaban el jardín hasta oídos de sus padres, que disfrutaban del sol de la tarde. Desde allí podían vigilarla tranquilos. Disfrutaban verla tan feliz. Su voz era una melodía. A lo lejos, la niña los saludaba con la manito y el perro ladraba de tanto en tanto. 
Fue un segundo. La mirada en otra parte. El silencio repentino. Ya no los veían en el jardín. Se pusieron de pie, presas del pánico. Entonces la vieron, en el aire, montando el galgo, que ahora tenía alas y un cuerno de unicornio en la frente. 
Los brujos sonrieron aliviados. Su hija sería una brujita maravillosa.

7 de octubre de 2020

Un punto verde

De los últimos acontecimientos, casi nadie sabe nada. Las comunicaciones cesaron varios meses antes y lo único que permite tener la certeza de que el caos aún prevalece es la imagen distante en el cielo de misiles que pasan volando o gigantescos destellos en la noche, de explosiones tan lejanas como mortales.
En aquel paraje de montaña árida, las viviendas son muy pocas. Otrora paisaje de incipiente verde en verano y árboles nevados en invierno, quedó en el olvido del tiempo y bajo la sentencia de muerte de la polución ambiental.
Aquellas familias sobreviven haciendo kilómetros de caminatas y recolectando los últimos frutos silvestres de la naturaleza. Ya no quedan animales que representen un peligro y mucho menos, alimento. De noche, algunas estrellas se dejan ver entre las densas capas de químicos que flotan en el aire. 
En la tierra desolada y devastada de sus propiedades, tan extensas como estériles, siembran sin éxito ni esperanzas. Pero lo hacen porque dejar de hacerlo sería lo mismo que resignarse a dejar de respirar.
Los Pérez habían sido cinco, pero en la última caminata el menor de los jóvenes había caído por un barranco. Los Pinzón siempre fueron dos. Un matrimonio grande, que no resistiría mucho más. Los que vivían más alejados, los Cartun y los Estibiarria, apenas que se acercaban por nuestra zona. Los cruzábamos en las caminatas, pero no eran nada sociales.
Y nosotros, también somos dos, aunque más jóvenes que los Pinzón. Mi mujer es la que cuida el hogar en mi ausencia, con armas cargadas cerca de cada ventana y un par de lanza misiles de corto alcance preparados en el piso de arriba. Su coraje enciende mi alma en las noches solitarias bajo el cobijo de la noche eterna en la que en constante vigilia aguardo el alba para seguir buscando el alimento para sobrevivir.
En cada regreso me cuenta los pormenores, los intentos de alguno de los vecinos de tratar de quedarse con alguna parte de nuestras tierras, algún avistamiento extraño en las laderas de la montaña o la cantidad de semillas que ha plantado, con el anhelo de verlas crecer en la tierra seca.
A veces nos sentamos al atardecer, mientras resuenan las explosiones a cientos de kilómetros, a mirar lo que nos rodea y a agradecer, a quien quiera que esté más allá del universo, por eso que tenemos. Y rogamos, aunque sea, por un poco de lluvia.
Esta mañana volví al hogar, extenuado. Había tenido que aguardar toda la noche en una cueva repleta de murciélagos, porque entré sin darme cuenta en zona de guerra y si andaba deambulando algún satélite de infrarrojos hubiese dirigido un misil hacía mí.
Cansado, arrojé mis pertenencias sobre un camastro. Mi esposa no estaba dentro de la casa. Primero me alarmé, pero luego la vi por la ventana, afuera. Estaba de rodillas, sobre la tierra árida. Me acerqué despacio, intrigado. Su cuerpo parecía agitarse suavemente. Estaba llorando y las lágrimas caían como una lluvia sobre un brote verde, un milagro en la desolación.
Levantó la mirada y me regaló su mejor sonrisa, una cómo no veía en años. Me señaló ese color diferente al árido marrón que nos rodeaba. Caí de rodillas a su lado, y la abracé. Aquel era el color de la esperanza. 
Ella me besó. Me acarició y me hizo prometer que lo cuidaríamos con nuestras vidas. Se lo prometí.
¿Qué es? pregunté.
Me respondió con una sola palabra.
Jazmín.