Versión con fondo blanco, para ojos sensibles

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8 de julio de 2021

Pibes [basado en una fotografía de Fabricio Garfagnoli]

 A la vuelta de casa había construcción de una vivienda de tres pisos que de un día para otro había quedado detenida. La planta baja parecía casi terminada, con el detalle de la ausencia de revoque, pero el piso superior tenía paredes sin completa y el último era un esqueleto con el techo de madera a medio colocar. 
Se decía que el dueño había fallecido, qué había perdido una fortuna en el casino, que su mujer estaba enferma, que lo habían metido preso... el barrio tejía sus propias versiones, sin importarle la verdadera. Y sinceramente, a nosotros tampoco nos importaba.
Éramos cuatro amigos con todo el tiempo libre, padres con dinero y la posibilidad de tener nuestro propio lugar durante las noches: la planta más alta de la casa en construcción, a la que subíamos con sigilo tras cruzarnos al terreno desde el patio de Enzo.
El techo sin terminar, con los tirantes de madera dejando a la vista el cielo y las estrellas, nos brindaba la sensación de hogar que sentíamos, no teníamos en nuestras respectivas casas.
Nos tirábamos de espalda al piso sobre el concreto áspero y frío, y dábamos cuenta de las latas de cerveza que llevábamos en una conservadora.
Cuando se acababan, armábamos algunos porritos y nos los íbamos pasando uno a otro, disfrutándolos de a una pitada.
Las noches eran perfectas y nuestras. El irremediable retorno a nuestras viviendas era un fastidio. Tener que escuchar a nuestros padres, era un dolor de cabeza. Éramos unos pibes. Y así entendíamos el mundo.
Crecimos de golpe un verano, el último antes de ir a la facultad. Aún me duele rememorar esa noche de calor agobiante. Estábamos en cuero, tomando cerveza bien fría, cuando escuchamos ruidos que venían de abajo. Nos quedamos en silencio, creyendo que podían ser gatos.
Luego escuchamos los gritos de una chica, una voz grave que exigía silencio y el sonido inequívoco de un cachetazo. Nos miramos. Teníamos el corazón acelerado. Y miedo, mucho miedo. Dos pisos más abajo, una chica necesitaba de nuestra ayuda.
Nos pusimos de pie, tratando de no hacer ruido. Y con la agilidad de los cuerpos adolescentes, escapamos descolgándonos por dónde faltaba una pared, hasta alcanzar un árbol enorme que había en el patio. Pálidos cruzamos el tapial y nos escondimos en la casa de Enzo.
Nunca más volvimos a esa casa. Hoy en día ya está terminada. Me cuesta incluso pasar por el frente y mucho más, poder mirarla. Me avergüenzo de quién soy, quién era, de quienes fuimos. Cinco días después de esa noche, el lugar se llenó de policías. El cuerpo de una joven violada y estrangulada hacía sobre el concreto del primer piso. Nunca encontraron al responsable.
Desde entonces nosotros sabemos que fuimos los verdaderos culpables. Que podíamos haberla salvado. Nos cuesta mirarnos los rostros, entablar un diálogo. Y cuando lo hacemos, cuando es inevitable, tarde o temprano, sin que nada obligue a decirlo, la frase hecha se deja caer a modo de reprochable excusa: "éramos unos pibes".

Publicado originalmente en "Historias en 35mm" perfil de Instagram: https://www.instagram.com/historiasen35/


14 de junio de 2021

Esquinas (basado en fotografía de Fabricio Garfagnoli)

Es difícil volver. Siempre. Es viajar en el tiempo sin ninguna clase de truco o ciencia ficción de por medio. Es también una forma de morir, de acelerar las razones. Pero, muy a pesar, es necesario. Porque en ese cruce están los fantasmas que claman por no ser olvidados. 

Visten con el color de la melancolía y sus pasos son inciertos, como si flotaran a causa de la brisa que los recuerdos soplan. Los veo reír y llorar al mismo tiempo, con esas máscaras que provocan estupor. Gritan una silenciosa proclama de justicia, pero nadie los escucha. El sonido de los motores, de los  frenadas, los sepultan.

No estoy sola, ni solo, ninguno de nosotros. Somos varios los que peregrinamos a diario y sostenemos nuestros cuerpos durante horas en esas esquinas. No nos hablamos, no sabemos nuestros nombres, pero nos conocemos y reconocemos. Somos el dolor del que sobrevive, somos la pena del que extraña. Somos uno y somos todos. Y en nuestras miradas está el asentimiento, la aceptación de nuestro rol en la existencia. Somos los que quedamos y como tales, estamos obligados.

A recordar, a reclamar, a dar batalla. Pero principalmente, a volver. Todas las calles, todas las rutas, son tierras de fantasmas. 

¿Y ellos, nos ven? ¿Se observan entre sí? ¿O acaso el maleficio que los acecha los confronta con los verdugos de su muerte y lo que ven no son otra cosa que los fantasmas de los vehículos, que como una exhalación, pasan de un lado hacia el otro, en un vaivén infinito, molesto, irónico. Autos, motos, colectivos, camionetas, utilitarios, camiones, entre lo traslúcido y lo demencial, entre el sueño y la pesadilla. Los fantasmas de los fantasmas, en el cruce de calles que observamos desde nuestras esquinas, las que nos quedaron como legado, por haber sobrevivido, por batallar contra el olvido, por tener la valentía cada día de viajar en el tiempo y la cobardía de no poder cambiar el destino.

Publicado originalmente en "Historias en 35mm" perfil de Instagram: https://www.instagram.com/p/CP-9pVfjjgR/



23 de mayo de 2021

Aniversario, por Gisela Bernardini


El relato corto "Aniversario", narrado y representado por la actriz Gisela Bernardini.


25 de abril de 2021

Pan y queso

Cuando era chico todos querían hacer pan y queso conmigo, porque ganara o perdiera, elegía a mis amigos más cercanos y el rival de turno, a los que mejor jugaban a la pelota.
Perdíamos siempre por goleada y más de uno se enojaba porque al elegirlo no le daba la oportunidad de estar en un equipo mejor. Pero eran broncas pasajeras. La amistad no se definía por derrotas en el patio de la escuela o el baldío de la esquina.
Íbamos para todos lados juntos y cuando las vicisitudes de la vida nos fueron llevando por diferentes caminos, la relación no se perdió. Como si el ritual de elegirlos una y otra vez en el pan y queso hubiese ido forjando una unión imperecedera, fuerte, inquebrantable. Sabíamos entonces que íbamos a perder en la cancha, pero que a pesar de eso, estábamos juntos.
Con el tiempo, en la medida que crecimos, aprendimos que las distancias y ocupaciones suponían obstáculos, pero como en el pasado, estábamos el uno para el otro.
¿Sucedía lo mismo con los que jugaban en los equipos contrarios? No, claro que no. Esos equipos se armaban para ganar, para competir, para saborear lo efímero del triunfo. Nosotros apostábamos, sin saberlo, a lo perpetuo del abrazo, de la risa cómplice, de esa mano necesaria en los momentos difíciles.
¿Te acordás cómo nos cagaban a goles? suele decir alguno cuando estamos todos, anticipando la carcajada general ¡Es que a este boludo le gustaba que nos rompieran el culo! acota entre las risas algún otro.
Incluso nos reímos en la vereda de la casa fúnebre, cuando nos toca despedir al primero que parte del grupo, joven, de manera injusta. Nos reímos porque es parte de la esencia, porque tácitamente nos prometimos estar siempre, ser el hombro dónde apoyarse. Y porque llorar no soluciona nada. Ni entonces, cuando ellos iban diez y nosotros cero, y la impotencia nos volvía torpes las piernas, pero jamás nos permitíamos sentir vergüenza. Cómo avergonzarnos de la amistad.
Y mientras el cortejo fúnebre avanza, nos relojeamos por los espejos retrovisores. Nos reconocemos tristes, perplejos. Pero somos un equipo. Y sabemos, como cuando éramos pibes, que la vida nos va a terminar ganando por goleada. Sin embargo, nos elegimos, en un pan y queso para siempre. Y allí estaremos, tratando de sonreír cuando en realidad queremos morirnos, dándonos un abrazo cuando quisiéramos escondernos en un rincón a llorar, porque las derrotas por supuesto que duelen y lastiman, pero así, en equipo, el rival tiene que hacer un mayor esfuerzo. Y no podemos caernos, ninguno. Sabiendo el resultado, puteándonos por alguna distracción, apretamos los dientes y seguimos adelante. ¡Estúpido, para qué me elegís! me grita alguno. Y apretándome la mano, años después, mientras suprime una lágrima, se responde y me agradece: Para esto, hermano. Para esto.

23 de abril de 2021

Método

Cada escritor tiene sus métodos para inspirarse. No se trata de musas, sino del ejercicio mental que impulse el nacimiento de ideas. 
El mío era muy sencillo. Tomaba frases escuchadas al pasar en la calle. Un extracto de una charla, un grito desde alguna ventana, las palabras de alguien hablando por teléfono... 
Desde allí partía o hacia esas palabras debía llegar. Lo cierto es que me acostumbré tanto a esta forma de parir argumentos para mis cuentos, que olvidé otras formas de escribir un buen cuento.
Pero llegó la pandemia, el miedo a contagiarse, el encierro. No salgo a la calle, mis vecinos están lejos, y el del correo.cada vez que viene solo me pregunta el DNI.
Por eso es que he dejado de escribir, no puedo hilvanar ni dos palabras seguidas. He probado decir frases en voz alta, pretendiendo que fueran palabras escuchar al azar, pero no ha funcionando. Me he descubierto diciendo cosas sin sentido, gritando barbaridades por la ventana, e incluso, susurrando oraciones inconclusas que me motivara a completarlas. 
Pero he desistido, en parte por lo inútil de la idea, en parte por vergüenza. 
Ahora en mi casa el silencio es ensordecedor y la página, blanca inmaculada.


7 de marzo de 2021

Ritual

Empilcharse bien, pero bien bien, nada de zapatillas y ropa casual. Un regalo de los que a ella le gustan, bombones, algún chocolate importado, ninguna chuchería para sacarse el compromiso de encima. Y la sonrisa. Siempre la sonrisa. Después, esperar el bondi, viajar cuarenta minutos, caminar hasta la florería, rosas blancas, y finalmente, ir hasta la tumba. Y decirle, cómo cada día, cuánto la ama.


Microcuento publicado en la edición #112 de Revista Huellas de Tinta

26 de febrero de 2021

Axioma para el dolor

A veces las palabras no alcanzan, y otras veces ni siquiera son necesarias. Cuando el dolor nos carcome, esas voces nos calman, esa mano en el hombro nos reconforta, ese abrazo nos sana.
Y cuando nada es suficiente, solo queda el tiempo, cuyo paso es inexorable. 
Los vacíos en el alma nunca podrán llenarse, aunque podremos atrapar recuerdos para que nos acompañen por siempre, y que al evocar nos traigan sosiego, dicha y la esperanza, siempre latente, de volverte a ver.

20 de febrero de 2021

Infortunio en la oficina

 El joven se acercó a su patrón, que hacía cuentas en su escritorio. Le había costado horas de insomnio y mucha valentía recorrer el pasillo hasta esa oficina. Se paró bajo el marco de la puerta, entre abierta y trató, sin suerte, de decir algo. No le salió la voz en el primer intento y el hombre ensimismado delante de facturas y otros papeles no registró su presencia.

Carraspeó con fuerza, aunque el sonido fue tenue, apagado, tembloroso. Entonces, el patrón levantó la vista. Lo interrogó con la mirada y sostuvo el cuerpo erguido, esperando una respuesta. Fue cuando el joven tomó coraje y dio un paso hacia el interior del recinto. Pero los nervios lo traicionaron, se pisó los cordones, trastabilló, trató de frenarse pero se chocó una silla, se enganchó una pierna con la pata de metal, intentó asirla en el aire pero sin querer le pegó un puñetazo y el respaldo se dirigió raudo y letal a la frente de su patrón.

Detuvo su accidentada carrera dándose el abdomen contra el escritorio. Su patrón había desaparecido. Solo quedan los papeles y un reguero de sangre que atravesaba de lado a lado el escritorio.

Dolorido, el joven rodeó el mueble. Su patrón estaba caído de espaldas, los ojos bien abiertos, los brazos en cruz y con un tremendo corte en la frente, que empezaba justo entre una ceja y la otra y subía con furia hasta el cuero cabelludo. La sangre seguía brotando, como un manantial infernal.

Se tomó la cabeza, miró hacia un lado y el otro. Amagó con salir corriendo, pero sabía que se toparía a la salida con la secretaria y le llamaría la atención la corta visita. ¿Qué hacer? ¿Cómo resolver la situación? No tenía la menor idea. No podía revivir al hombre. Porque estaba muerto. No le quedaban dudas. Nadie sangra de esa manera y sigue vivo. Además, los ojos seguían abiertos, mirando el techo enmohecido. Aunque no miraban. Ya el cerebro no recibía ninguna señal de los órganos. Solo la sangre seguía en movimiento.

Tuvo ganas de vomitar. Se llevó las manos a la boca. Corrió hasta el macetón más cercano, donde crecía un palo de agua. Cerró los ojos y escuchó con asco cómo despedía el desayuno. Pensó que había terminado, pero otra bocanada lo asaltó por sorpresa cuando se ponía de pie. El "splash" contra el piso salpicó toda la pared. Mantuvo los párpados abajo, con una fuerza notable. Tanteando llegó al escritorio, y de la misma forma, buscó algo para limpiarse la boca. Agarró algunos de los papeles que revisaba su jefe antes del infortunio y se los pasó por la boca. Entonces recordó que tenían sangre y volvió a vomitar. Ya no le importaba saber dónde.

Abrió los ojos y salió corriendo hacia la puerta. Pero los cordones seguían desatados y volvió a pisarlos. Se fue de cabeza contra la pared. Golpeó de lleno contra el zócalo de madera, que tenía algunas astillas sobresaliendo. Sintió el dolor cuando le atravesaron la piel, pero fue solo un instante.

La secretaría se asomó a la oficina varios minutos después. Dicen que los gritos se escucharon en varios pisos del edificio. La escena fue demasiado para la mujer, que se desmayó tras agotar de aire los pulmones. La policía interrogó a todos los empleados. Uno de ellos, muy allegado al joven, juró y perjuró que el muchacho solo iba a pedir un aumento. Nadie le creyó. Los diarios titularon "Trágico desenlace tras pedido de aumento". En radio conjeturaron una pelea atroz, sin tregua. El patrón fue lamentado. El empleado, repudiado. Jamás pudieron determinar que pasó en ese lugar, pero la sentencia pública fue determinante. Desde entonces, en la empresa, cada empleado tiene un encuentro mensual con un psicólogo. Y ya no se permiten visitas a solas de un subordinado a su jefe.

Sin reproche de por medio, la empresa sigue entregándoles zapatos con cordones a sus trabajadores.

12 de febrero de 2021

Ouija

Todos conocen a William Temo, el maestro del dibujo. Comparto con él la asistencia a un club cultural de la zona. Allí nos reunimos varios artistas a hablar de arte, generar proyectos conjuntos y lo más importante, tomar vino y cerveza.
Lo que quizá no conozcan de Temo, es su facilidad para la distracción. Hace poco se me acercó y me pidió el teléfono del viejo Harrinson, un gran crítico literario. Lo miré unos segundos y le sugerí una ouija. Sus ojos me interrogaron con recelo. ”¡Pero claro, hombre, lleva una década muerto!" exclamé.
A la semana siguiente, volvió a acercarse. Me miró sonriendo. ”El viejo Harrinson le manda saludos, y dice que su última novela es una bosta".
Me dejó la ouija sobre la mesa y guiñando un ojo se alejó. Había una nota al lado de la tabla: "Por si quiere refutarle".

28 de enero de 2021

El secreto de los árboles

Cuenta la leyenda que los árboles guardan un secreto que conocen desde tiempos remotos y que se transmiten unos a otros a través de las raíces, y que cuando están muy distantes, el viento se transforma en el mensajero que lleva el recado envuelto en su susurro misterioso que solo ellos pueden descifrar.
Un sabio dijo una vez que creía haber descubierto cómo los árboles guardaban ese secreto. En realidad, ni siquiera lo escondían, sino que lo exponían a la vista de todos, a través de sus hojas. Porque cada hoja era una palabra, cada rama un párrafo y la suma de todo, el mensaje.
El mismo sabio dijo también que ese texto secreto para el entendimiento de las demás especies, guardan con recelo el misterio de la existencia del universo.
Cuando las hojas caen, el texto se desarma, se vuelve incompleto, hasta que vuelven a crecer nuevas hojas y reescribir el mensaje. Cómo si el árbol en si fuese un cosmos en constante explosión e implosión. 
Todos los árboles nos dicen lo mismo, una y otra vez, felices de nuestra ignorancia, orgullosos de su misión, aguardando quizá el ser vivo que en algún tiempo remoto merezca la revelación de tan preciado misterio.

 

27 de enero de 2021

Meme

La solitaria figura de la mujer pasó desapercibida delante del Juzgado. El cartel que sostenía en sus manos rezaba en rojo QUIERO JUSTICIA. Así ocurrió un día, dos, tres... 
Volvió al cuarto día, con la amargura de los marginados y el temple de los esperanzados. El cartel gritaba con furia QUIERO JUSTISIA.
Entonces si, la gente prestó atención, se tapó la boca para simular la risa e incluso apareció en las redes sociales, dónde todo el mundo se mofaron del error. Para la noche, era meme.
La ironía de la visibilidad, en un mundo cada vez más retorcido.

14 de enero de 2021

Ácaros

Aquella piedra no solo parecía especial, era especial. Un meteorito de color cobrizo, de no muy grandes proporciones, al borde del arroyo de su pueblo. Nunca mejor dicho, un verdadero regalo del cielo. 
Al menos, para ella, aficionada a la geología y la astronomía desde pequeña, cuando sus abuelos la llevaban a caminatas nocturnas a las sierras, donde aprendió sobre el pasado encerrado en forma de piedras y lo inimaginable escondido en el infinito del firmamento.
Su sorpresa fue mayúscula al encontrar ácaros en las cavidades de la piedra. Y mayor aún el asombro al observarlos en su microscopio de alta precisión. Miles y miles de rostros con rasgos orientales, con una leyenda impresa en la frente: Made in China.

5 de enero de 2021

Prisioneras

una cárcel, su cárcel
no su casa,
no el encierro

una cárcel, su cárcel
no los barbijos,
no sus hijos

una cárcel, su cárcel
no la pandemia,
no los contagios 

una cárcel, su cárcel
los golpes
los insultos 

una cárcel, su cárcel
las humillaciones,
las amenazas 

una cárcel, su cárcel
el miedo,
el silencio

en su casa, en el encierro
con barbijos, con sus hijos
con pandemia y contagios
hay golpes e insultos
humillaciones y amenazas
hay miedo, hay silencio

y en su cárcel, su cárcel
es prisionera sin voz
de gritos ahogados
sin nueve onces ni
cientos cuarenta y cuatros

una cárcel, su cárcel
cuarentena eterna
de un mal violento
de un mal sin cura
de una muerte segura

una cárcel, su cárcel
esta sociedad enferma
de ojos cerrados
de oídos sordos
y labios pegados

1 de enero de 2021

La legendaria y temida Mirta Ramona Manuela

Mirta Ramona Manuela Esturión, maestra. Así solía presentarse ante sus alumnos en el salón de clases. De baja estatura, hombros anchos, sonrisa ausente y rostro serio, Mirta Ramona Manuela tenía fama desde siempre por una simple razón, que el resto del personal del colegio le envidiaba: en sus clases no volaba una mosca.

Su sola mirada era motivo suficiente para que en un examen nadie se atreviera a machetearse. Y pobre del que lo intentara y lo descubriera. Había leyendas en torno a eso que, a pesar del paso de los años, seguían contándose en los pasillos de la escuela. Algunos de los maestros actuales, habían sido alumnos suyos y aún se quedaban mudos cuando la cruzaban en la cocina, o el patio. Hasta la profe de educación física, de carácter fuerte y enérgicos pulmones, sobre todo a la hora de hacer sonar el silbato, hacía prácticamente una reverencia al darle paso.

Los chicos y chicas que el año anterior se habían enterado de que la tendrían al frente del aula no habían podido disfrutar de las vacaciones. Un par, incluso, se cambiaron de colegio. Sin conocerla, le tenían terror. Cuando llegó marzo con el inevitable comienzo de clases, el regreso a la escuela fue, para ellos, una especie de tortura. La sola idea de conocer a la legendaria Mirta Ramona Manuela le ponía los pelos de punta a cualquiera.

La primera semana pareció no terminar nunca. El fin de semana fue recibido como un oasis en el paraíso. El nivel de angustia llegaba a límites insospechables. Niños y niñas solo rezaban por un milagro. Y se dio. La pandemia que comenzó meses antes en China cruzó el planeta y lamentablemente, después de atacar la población de varios países, se instaló en el país. Una noticia triste para todos, salvo, para los alumnos de Mirta Ramona Manuela.

Tras algunos días de incertidumbre el Ministerio de Educación dispuso que las clases se impartieran de manera virtual. La directora llamó al teléfono fijo de Mirta Ramona Manuela, porque no usaba teléfono celular, para darle la noticia. Las dos se escandalizaron. La directora porque la maestra no solo no tenía celular, sino que tampoco computadora y menos que menos, conexión a internet. La maestra, porque no sabía nada de nada de tecnología y sabía que ni sus nietos, que prácticamente no se acordaban de ella, le iban a dar una mano.

La escuela armó un grupo de whatapps con los padres de los alumnos y le explicaron la situación. Ese curso debía aguardar a que definieran cómo se darían las clases, por la situación de Mirta Ramona Manuela.

La noticia llegó a oídos de Marielita, una de las alumnas. No podía entender cómo su nueva maestra no tenía ni siquiera una computadora vieja. ¿Cómo hará con sus amistades, ahora que no se puede visitar a nadie? ¿O cómo verá a su familia, que no tiene un celular para recibir fotografías? Marielita fue la única del curso que no sintió alegría, sino pena. Además, porque desde siempre la veía sola, con cara de ogro. Vivía justo en la casa de al lado, patio con patio, donde un tapial separaba los terrenos.

Sin decirle nada a sus padres, Marielita tomó una tablet que no usaba hace tiempo, la actualizó, la cargó y se trepó al tapial. A los gritos, llamó a Mirta Ramona Manuela.

-          ¿Quién hace este escándalo? - bramó la solitaria mujer, pero al ver a la niña, se acercó.

-          Mire seño, con esta tablet que no uso, puede ayudarnos a aprender mientras dure esta cuarentena.

-          Pero es que no sé ni prenderla querida, soy una analfabeta tecnológica. Solo leo libros y escucho radio. Si le dijera a la gente que no tengo televisor, no lo creería.

-          ¿No tiene televisor? ¡No se preocupe! Yo le enseño a usar la tablet y le comparto la clave del WIFI. Total, desde acá, no creo que nos contagiemos de nada.

Marielita cada mañana salía al patio, se trepaba al tapial y le daba una clase acelerada a Mirta Ramona Manuela. En una semana, ya se había hecho cuenta de correo y usaba el procesador de texto. En quince días, sabía buscar en google, unirse a videollamadas con otros maestros o la familia y hasta modificar imágenes.

-          ¿Vos que opinás, Marielita, ya puedo manejarme sola? le preguntó a la niña.

-          ¡Siii! Tiene un 10, seño.

Mirta Ramona Manuela no salió indemne de la cuarentena. Terminó contagiada. Pero no de COVID19, sino de amor. Seguramente cuando retorne al aula, será menos severa, aunque igual de justa. Ese miedo prejuicioso, de un lado y del otro, es una barrera invisible que a veces se crea de la nada, sin que nadie entienda bien por qué. Cuando cae, la mayoría de las veces, descubrimos detrás un universo maravilloso.

27 de diciembre de 2020

Seres infelices

Fueron tres o cuatro noches sin sueño, sin poder dormir, con el mismo pensamiento latente en la cabeza: ¿Y si esto no termina nunca?

No es fácil el encierro en soledad. La ventana se transforma en una pantalla de irrealidad, observando el exterior como si se tratara de otro planeta. De un momento a otro el hecho de estar tirado en el sillón mirando películas se volvió tedioso. Las noticias, que uno al principio esquivaba, se fueron transformando en la principal compañía. En las redes sociales, donde solía ser el sitio para las fotitos de las mascotitas, de las comidas que uno se atrevía a preparar a pesar de las limitaciones culinarias, comenzó a convertirse en el cuadrilátero de queja dónde buscar al oponente de turno para surtir una catarata de palabras que cara a cara uno no le diría a nadie.

Si algo faltaba al endemoniado cóctel de negatividad, fue el reguero de noticias falsas que recorrían el mundo cibernético, colándose muchas de ellas en los medios reales de información. O al revés, de los medios reales, colándose al mundo cibernético. Hay una línea muy frágil que separa ambos y ya nadie, a esta altura de la humanidad, puede distinguir.

Un rasgo irascible fue tomando cuerpo, poseyendo la toma de decisiones. Hubo un instante en el que me pregunté qué sentido tenía tanto cuidado si tarde o temprano íbamos a morir igual. Filosófico. Profundo. Un pelotudo, vamos.

Pero todavía me hacía falta un empujón más. El día de mi cumpleaños. Solo, con una torta pedida a una panadería por delivery, una vela estúpida encendida, la luz apagada y el celular en modo cámara de fotos con el timer activado, corriendo hacia el cero para capturar la instantánea del summum del ridículo. La foto me atrapó levantándome de golpe, como si le hubiese aplicado un filtro raro, de movimiento. Soy una figura estirada, difusa. Afuera de la imagen quedó lo otro. La rabia, la bronca, el golpe a la torta, la furia con la que voló desde la mesa hacia la pared, la crema por todas partes, la vela todavía encendida dentro de una maceta. Y yo, yo de pie, yo respirando agitadamente, yo a punto de llorar.

Miré por la ventana y vi los árboles sin sus hojas. ¿Cuándo había llegado el otoño, cuándo se había ido el verano? Busqué un abrigo, las llaves y pisando restos de tortas, atravesé la sala, abrí la puerta y salí a la calle.

Tuve que cerrar los ojos al llegar a la vereda. Levanté la mirada ciega al cielo, me dejé embargar por la brisa y recorrer palmo a palmo por la sensación de libertad, cual prisionero que sale luego de una larga condena. ¿Y cuál había sido mi crimen? En ese entonces pensé, que formar parte de una sociedad cobarde.

Y caminé, sin barbijo, sin protección, sin nada más que mi afán de ser libre, de gobernar mi propio mundo, de creer en mi destino y no en el propuesto por los demás. Y reí, y canté, y bailé, incluso cuando se largó a llover, incluso cuando algunas personas me decían, desde el otro lado de sus ventanas con barrotes, que me cuidara, que no fuera inconsciente.

Les extendí a todos el dedo medio. Los fulminé con la mirada. Y dejé que mis piernas me llevaran, que el instinto fuese mi brújula. Y en ese desierto de ciudad, escapé a los cuidados, a la cuarentena, a ese mundo sin sentido en el que me había abandonado.

¿Y saben algo? No lo vi. Al virus, digo. No lo vi. Y entonces pensé en las conspiraciones, en esas ideas que había tomado por locas y ahora me creía el testigo principal de la revelación. De la gran mentira. ¡Era el iluminado! ¡El elegido!

Hoy estoy enfermo, respirando a duras penas, rogando por un tratamiento eficiente, recostado sobre una cama entre muchas camas, en un pabellón apartado del resto del hospital. Trato de no pensar mucho, pero una vertiente de agua fría desciende sobre mi reciente soberbia y se avergüenza de la falta total de empatía que tuve no solo por mi propia salud, sino por la de los demás. Esa permeabilidad común del ser humano a las grandes mentiras. Esa necesidad de acomodar la realidad a los propios intereses. Y esa facilidad con la que otros, se aprovechan de las falencias y debilidades. Nos creemos seres inteligentes, pero nada es más vulnerable y manipulable que una persona.

Nuevamente hace tres o cuatro noches que no duermo, porque la fiebre y los dolores me tienen a maltraer, incluso tuve que valerme de un respirador en un par de ocasiones. Me siento tan mal que el pensamiento recurrente vuelve a mi cabeza muy seguido: ¿Y si esto no termina nunca? De una u otra manera lo hará. Ahora lo sé.

Añoro estar bien. Añoro el pasado, cuando esto no existía. Pero esta realidad es la que tengo, la que he conseguido. Y no me queda más que la resistencia, de este lado del vidrio, rodeado de lamentos y quejidos, de cuerpos que son cubiertos por sábanas, batallando por no morir. Comprendo, tarde, que a pesar de lo estúpido que pueda ser uno, hay gente que lo da todo por el otro, por salvarlo, y que, a la pasada, aunque sea un instante, nos aprieta la mano en señal de aliento, sin preguntarnos el nombre ni cómo pensamos.

22 de diciembre de 2020

El escritor

¿Qué es el tiempo? le preguntó. 
Es arena que se escurre entre los dedos, es la efímera sensación de no poder escribir jamás lo que tenemos dentro para contar.
¿Y que es escribir? 
Es cerrar los ojos aquí para abrirlos en otra parte. Luego volver y narrar aquello visto.
¿Si es tan solo eso, por qué le echa la culpa al tiempo de su escasa escritura?
Porque hasta ahora lo único que he hecho, es vivir con los ojos cerrados. 

7 de diciembre de 2020

Descanso

La puerta de calle estaba abierta. Sobre la mesa había un hilo de sangre. Llegaba hasta el borde mismo y se detenía, como si el metro que había hasta el suelo fuese un motivo suficiente.
Distante, sobre la cocina, entre dos hornallas encendidas, se veía una cuchilla. Un detalle bermellón decoraba el filo. 
La habitación era un revuelo de ropa por todas partes. En el baño estaba prendida la ducha. El reloj de pared estaba detenido en las cuatro menos cuarto. Sin embargo, la vivienda estaba vacía. 
El vagabundo se sentó en una silla y partió un pedazo de pan viejo que llevaba en el bolsillo, lo mojó en la sangre y se lo comió. Al calor de las hornallas se estaba bien. Aprovecharía luego para pegarse un baño y después se iría. Vaya a saber qué loco vivía en aquel lugar.

26 de noviembre de 2020

Corre, Diego, corre

Corre dejando atrás rivales,
corre sin dejar atrás a su equipo,
corre en el potrero, en La Paternal, La Boca, el mundo entero,
corre sin necesidad de mirar la pelota, porque la pelota es parte de su cuerpo,
corre para alzar la Copa, sin casarse con la FIFA,
corre para plantarse ante los poderosos, 
corre para alegrar a los que pierden día a día, para que se escuche su voz,
corre por su pueblo, que no conoce de fronteras, 
corre por la gente que ve en sus gambetas la prolongación de sus sueños,
corre por aquellos que lloran sin consuelo, enterrados en el barro de la vida
corre por quiénes no olvidan los orígenes en una villa, ni se avergüenzan de cartonear por pocos pesos,
corre para los que le rezan en una tierra de dioses imaginarios, al más humano de ellos,
corre para ser Diego, un tal Maradona,
corre para escapar de su fama, atrapado en su sueño,
corre para ser el mejor de todos, a pesar de los defectos,
corre no para ser un ejemplo, sino para señalarnos que nadie es perfecto,
corre hacia el infinito, como un barrilete cósmico sin dueño,
corre llevándose nuestros sueños, pero dejándonos miles de recuerdos,
corre para que lloremos, sin consuelo, huérfanxs en este duelo,
corre para que, a pesar de su partida, sigamos luchando ante las injusticias,
corre porque sabe que del otro lado, siempre hay un arco.

22 de noviembre de 2020

Fideos

Puse agua en una cacerola, prendí la hornalla, y dejé que hierva. Después agarré el paquete de fideos, lo abrí con cuidado de no desparramarlos por todas partes y dejé caer el contenido en el recipiente con agua hirviendo.
Aproveché para salir a la calle a sacar la basura. En qué momento comenzaron a explotar, lo ignoro, escuché los disparos a mis espaldas y volví corriendo, pero era tarde: las municiones habían hecho estragos en la cocina, además de matarme al gato.

14 de noviembre de 2020

Conjuro para no llorar


Se junta coraje, se respira hondo y dejando escapar el aire de a poco, se piensa en una sonrisa, en aquella caricia que aún nos estremece el alma, en las palabras de aliento alguna vez recibidas, en ese abrazo protector que se añora, en el aroma de la niñez que cada tanto retorna, en el gol de Diego en el ochenta y seis, en las manos que nos levantaron tras una caída, en esas palabras que alguna vez nos dijeron al oído y nos sonrojaron, en el sabor de las milanesas que uno comía cuando niño, en la sensación de ayudar al otro, en la melodía de una hermosa canción silbada, en las veces que nos arrancaron una risa con un chiste malo...

Y si eso no funciona y las lágrimas aprietan... solo nos queda mordernos los labios y aguantar.

Mordernos los labios (hasta sangrar).

6 de noviembre de 2020

T O C

Toc. Un toc. Tengo un toc. Mis oraciones crecen gradualmente. Incrementan de a una palabra. Si fueron cinco, ahora son seis. Esto confiere mucha dificultad a mis cuentos. Y la manía me carcome mucho la cabeza. He tratado el problema con un psicoanalista y nada. Últimamente pensé en dejar de escribir pero no he podido. Mis manos obedecen al inconsciente, mientras el consciente atormenta mi mente. Y entre palabra y palabra, crece dentro el deseo de ponerle fin. Levanto la vista, cierro la libreta, y sin terminar el cuento, digo adiós.

31 de octubre de 2020

Halloween

Muchos de sus conocidos renegaban de Halloween, por considerarla una celebración extranjera. Pero también lo era la Navidad de Santa Claus y allí eran pocos a los que oía indignarse. Por eso, ese año dejó los reparos de lado y vistió a sus hijos de Jason, Freddy Krueger y Predator. Con una sonrisa en el rostro, los incentivó a que salieran a recorrer el barrio.
A las dos horas la policía golpeó a la puerta. Al verlos, se le cayó el alma al piso. ¡Algo le había pasado a sus niños! Sintió que se quedaba sin aire.
Entonces, sosteniéndolo del hombro, uno de los informados le pidió que lo acompañara a la  comisaría.
- Hemos arrestado a tres pequeños, por decapitar y descuartizar a varias personas de la zona. Alegan ser sus hijos.
El hombre suspiró. Sus niños estaban vivos.

29 de octubre de 2020

Carcamán

El viejo Pascual estaba cada día más amargado. Cobraba la mínima, tomaba más de veinte medicamentos, estaba peleado con sus hijos y por lo tanto no veía a sus nietos, el almacén de la esquina había dejado de fiarle y por si fuera poco, la barrita de mocosos jugaba al fútbol delante de su casa y con la pelota le estropeaban el jardín que con esfuerzo mantenía.
Entonces, cada tarde, se asomaba a la ventana y los puteaba con todas las ganas. Después salía y montaba guardia en una silla, con cara de pocos amigos. Y cuando pasaban, los vecinos decían: "El viejo Pascual está cada día más amargado".
Y en realidad, era cansancio nomás.

23 de octubre de 2020

Caballito

Caballito ¡Ico! ¡Ico! Caballito ¡Ico! ¡Ico! repetía la pequeña mientras correteaba al lado de su galgo blanco y negro.
Las risas cruzaban el jardín hasta oídos de sus padres, que disfrutaban del sol de la tarde. Desde allí podían vigilarla tranquilos. Disfrutaban verla tan feliz. Su voz era una melodía. A lo lejos, la niña los saludaba con la manito y el perro ladraba de tanto en tanto. 
Fue un segundo. La mirada en otra parte. El silencio repentino. Ya no los veían en el jardín. Se pusieron de pie, presas del pánico. Entonces la vieron, en el aire, montando el galgo, que ahora tenía alas y un cuerno de unicornio en la frente. 
Los brujos sonrieron aliviados. Su hija sería una brujita maravillosa.

7 de octubre de 2020

Un punto verde

De los últimos acontecimientos, casi nadie sabe nada. Las comunicaciones cesaron varios meses antes y lo único que permite tener la certeza de que el caos aún prevalece es la imagen distante en el cielo de misiles que pasan volando o gigantescos destellos en la noche, de explosiones tan lejanas como mortales.
En aquel paraje de montaña árida, las viviendas son muy pocas. Otrora paisaje de incipiente verde en verano y árboles nevados en invierno, quedó en el olvido del tiempo y bajo la sentencia de muerte de la polución ambiental.
Aquellas familias sobreviven haciendo kilómetros de caminatas y recolectando los últimos frutos silvestres de la naturaleza. Ya no quedan animales que representen un peligro y mucho menos, alimento. De noche, algunas estrellas se dejan ver entre las densas capas de químicos que flotan en el aire. 
En la tierra desolada y devastada de sus propiedades, tan extensas como estériles, siembran sin éxito ni esperanzas. Pero lo hacen porque dejar de hacerlo sería lo mismo que resignarse a dejar de respirar.
Los Pérez habían sido cinco, pero en la última caminata el menor de los jóvenes había caído por un barranco. Los Pinzón siempre fueron dos. Un matrimonio grande, que no resistiría mucho más. Los que vivían más alejados, los Cartun y los Estibiarria, apenas que se acercaban por nuestra zona. Los cruzábamos en las caminatas, pero no eran nada sociales.
Y nosotros, también somos dos, aunque más jóvenes que los Pinzón. Mi mujer es la que cuida el hogar en mi ausencia, con armas cargadas cerca de cada ventana y un par de lanza misiles de corto alcance preparados en el piso de arriba. Su coraje enciende mi alma en las noches solitarias bajo el cobijo de la noche eterna en la que en constante vigilia aguardo el alba para seguir buscando el alimento para sobrevivir.
En cada regreso me cuenta los pormenores, los intentos de alguno de los vecinos de tratar de quedarse con alguna parte de nuestras tierras, algún avistamiento extraño en las laderas de la montaña o la cantidad de semillas que ha plantado, con el anhelo de verlas crecer en la tierra seca.
A veces nos sentamos al atardecer, mientras resuenan las explosiones a cientos de kilómetros, a mirar lo que nos rodea y a agradecer, a quien quiera que esté más allá del universo, por eso que tenemos. Y rogamos, aunque sea, por un poco de lluvia.
Esta mañana volví al hogar, extenuado. Había tenido que aguardar toda la noche en una cueva repleta de murciélagos, porque entré sin darme cuenta en zona de guerra y si andaba deambulando algún satélite de infrarrojos hubiese dirigido un misil hacía mí.
Cansado, arrojé mis pertenencias sobre un camastro. Mi esposa no estaba dentro de la casa. Primero me alarmé, pero luego la vi por la ventana, afuera. Estaba de rodillas, sobre la tierra árida. Me acerqué despacio, intrigado. Su cuerpo parecía agitarse suavemente. Estaba llorando y las lágrimas caían como una lluvia sobre un brote verde, un milagro en la desolación.
Levantó la mirada y me regaló su mejor sonrisa, una cómo no veía en años. Me señaló ese color diferente al árido marrón que nos rodeaba. Caí de rodillas a su lado, y la abracé. Aquel era el color de la esperanza. 
Ella me besó. Me acarició y me hizo prometer que lo cuidaríamos con nuestras vidas. Se lo prometí.
¿Qué es? pregunté.
Me respondió con una sola palabra.
Jazmín.

25 de septiembre de 2020

Bermellón

 La luna es el faro que la noche nos regala a todos los que perdemos el rumbo en las tinieblas de la locura. Una luz tenue pero segura, reflejo pálido y ancestral, de sabiduría adquirida por siglos y siglos de ser testigo involuntario (o quizás no) de la muerte y perversión que ese ser despiadado, que es el humano, ejecuta sobre sus pares sin vacilación ni arrepentimiento.

Y de una noche en particular, que no puedo sacarme de la cabeza, vuelve a mí en forma de olvido una sombra turbia que me obliga a buscar respuestas de algo que por momentos me parece, fue solo un sueño. O una pesadilla. Pero cuando la oscuridad se posa calma en la habitación y cada nítido detalle del mobiliario se transforma en un monstruo dormido, aquello se vuelve tan real que puedo ver, oler, sentir, como entonces. Y es cuando se me hiela la sangre y las lágrimas que escapan de mí, son rojas, de un tinte bermellón, al borde de la negrura. No hay contención, solo el horror, la desdicha.

El tiempo rebobina como una vieja película en VHS. Estoy otra vez en el sofá de la casa de mis viejos. Los nombro en plural, pero para entonces solo vive mi papá. De la muerte de ella, han pasado cinco años. Nos destrozó a ambos, pero al hombre que la amó más que a nada en el mundo, lo mató en vida. A dos años de jubilarse, dejó de ir a su trabajo, se encerró en su habitación en la planta alta y dejó de preocuparse por el mundo, acumular deudas y esperar por el momento de acompañar a su esposa.

Cada tanto lo visito, alimento a los peces, limpio un poco, barro la vereda para que no parezca una casa abandonada, llevo algunas compras, provisiones, trato de darle charla, acompañarlo delante del tele, le cuento cosas sobre mi vida, pero sé también que todo es en vano. Es un zombi. 

Esa noche le digo de hacer un asado. Recuerdo preparar el fuego, renegar con el viento y verlo a él, su silueta, observarme detrás de la ventana de su habitación, ubicada en la parte alta de la casa. Le hago un ademán con la mano, a modo de saludo. Le sonrió. No alcanzo a darme cuenta si responde. Detrás de mí, en lo alto, ella. Blanquecina, inmortal. Nos mira. Sabe algo que no sé. Se ríe entre dientes. 

El olor de la carne danza en silencio. Preparo la mesa debajo de un alero, para tener a mano la parrilla y para que el viejo tome algo de aire. Pongo los platos, los cubiertos, un poco de pan, saco un vino de la heladera y un sifón a medio llenar. Lo llamó a papá desde la puerta que da al patio. Sé que va a demorar en responder. Insisto, lo llamo una vez más, dos veces. A la tercera, me acerco hasta la escalera. Voy a gritarle algo en broma, pero veo la sangre. Cada escalón tiene un tramo rojo. Bermellón, al borde de la negrura. Subo apurado, sin poder desviar los ojos del suelo. Veo que sigue en el descanso, también en el pasillo. Entro veloz a la habitación, empujando la puerta con fuerza. No está. Pero hay sangre, mucha, por todas partes. Me desespero, siento cómo el pánico se apodera de mi respiración. Veo la ventana. Allí donde estuvo parado minutos antes, mirándome. Me acerco. Desde allí veo el patio, los árboles. La luna. La parrilla. Y siento que mis piernas flaquean. Digo NO, en voz alta. Tan alta que me asusto. Me agarro la cabeza. Vuelvo a las escaleras, tratando de esquivar la sangre. Me agarro de la baranda, para no desfallecer. Cruzo la sala de abajo en dos zancadas y salgo al patio. El aire me da de lleno, me abre los ojos. El olor me da náuseas y a medida que me acerco, me voy desarmando. 

Al llegar a la parrilla, no doy crédito a lo que me depara. Ahí está mi viejo, descuartizado, asándose lentamente, la ropa hecha jirones humeantes, con restos ya carbonizados entre las brasas. Y sé que ella, en lo alto, me acusa, flagrante, sin odio. Es cuando me derrumbo, es cuando decido entregarme al olvido.

La sombra turbia ha vuelto. Retazos de una pesadilla. Veo a un hombre avejentado y entregado a la muerte mirándome desde una ventana. ¿Lo conozco? ¿Es mi viejo? ¿O soy yo, esperando el ocaso?

La luna lo sabe, vaya que lo sabe. Pero calla. Cada noche, guarda el silencio. El secreto. El mío, el de muchos. El de la humanidad misma.

22 de septiembre de 2020

Instante último

Tiene su gracia, lo admito. El observar la desesperación, la angustia, el arrepentimiento, la desolación, la locura, todo lo que se desata en el instante último de la vida. Y no me refiero a una vida, sino a todas.
El planeta en llamas, titularon los diarios del mundo entero. Tarde o temprano iba a suceder. Sin la acción del ser humano, quizá en unos milenios. Con la ansiosa arrogancia pretenciosa de la especie que mayor daño le hizo a su hogar, los tiempos se apuraron. ¿Se podía romper la Tierra? Claro, está visto. Tan frágil como una esfera de cristal. La polución, los incendios forestales, los volcanes en erupción, los maremotos, los suicidios en masa, la falta de alimentos, los inviernos arrolladores, los veranos agónicos, las guerras por los recursos naturales… todo se precipitó ante los ojos de cada habitante en los continentes terrestres. 
En el tiempo cósmico, el reloj marca el último minuto del planeta. Y todos lo saben. Yo lo sé. Es el final. Cierro los ojos. Soy viejo, mi memoria es buena, y los recuerdos llegan como cataratas de imágenes. Pero quiero elegir, quedarme con los que desearía despedirme. Prefiero quedarme con lo más recientes, que son los que comparto con gran parte de la generación que está por perecer. ¿Me alcanzará este minuto? Veamos...
No fui del fútbol, jamás, pero siento ganas de llorar y abrazar a ese genio cuando lo veo una y mil veces gambetear a medio equipo inglés en el mundial de México 86, y casi desde el piso empujar el balón hacia el fondo de la red, para luego salir corriendo puño en alto y festejar el gol más hermoso y significativo de todos los tiempos. 
Esa corrida mitiga el dolor de ese mismo año, en la Unión Soviética, en tierras que en segundos desaparecerán bajo el nombre de Ucrania, con el terrible accidente nuclear que provocó muertes directas y muchas más por la radiación y efectos posteriores en la naturaleza. Radiación que también es culpable de que hoy sea el último día.
Aún tengo sentimientos encontrados con el incendio de Notre Dame, en París. El fuego en el tejado desencadenó una pérdida masiva de la catedral, llevándose consigo de manera irreparable, belleza e historia. Pero cuánta hipocresía posterior, de ayudas multitudinarias desde todas partes, para reconstruir una edificación. ¿Dónde está esa ayuda cuando realmente se necesita para cosas importantes inherentes a la vida del prójimo?
Me hace bien, en cambio, pensar en la caída del muro de Berlín, en 1989. Un país dividido en dos. Mundos opuestos. Hoy, se miran entre sí, y ni de un lado ni del otro, se reconocen. Ya no existen esos mundos, ni habrá tiempo para ningún otro.
No puedo evitar tampoco pensar en las guerras que sumieron a países en la miseria. Varias, producto de esa caída y el debilitamiento de los regímenes socialistas tras la finalización de la llamada Guerra Fría. La guerra de Croacia, por ejemplo, con el sangriento desmembramiento de la desaparecida Yugoslavia, de 1991 a 1995, y casi en paralelo, la guerra de Bosnia. O antes, la fabulada guerra del Golfo, con una finalidad real de carácter económico, escudada en otros factores, junto a muchas mentiras, que le permitieron a Estados Unidos liderar una coalición contra Irak. Y más acá, el desastre de Kosovo, y un nuevo enfrentamiento histórico entre albaneses y yugoslavos, que se remonta a casi dos siglos. ¡Vaya que tengo guerras en la memoria! ¡Malvinas!¡Chechenia! ¡Congo! ¡Líbano! ¡La guerra civil somalí que incluso ahora, cuando el mundo eclosiona, aún continúa, con casi tres décadas de crueldad!
Y aunque quisiera borrarlo, el recuerdo que más me duele, es la bestialidad en Hiroshima y Nagasaki, en la segunda guerra mundial. Cuando pienso en todo esto último, me parece que el exterminio está bien. Que el planeta, ahora, cuando reviente en mil pedazos, estará haciendo justicia. 
La mayoría cree que el destino lo escribo yo, pero se equivoca. Solo me limito a observar. Y en este planeta, he visto lo suficiente. Al fin de cuentas, es uno entre millones. Y si me preguntan si acaso lo extrañaré, sinceramente, lo dudo. No hay manera que empiece a enumerar cosas bonitas sin tropezar con atrocidades deleznables. Cuando las llamas todo lo consuma, sonreiré. 

19 de septiembre de 2020

La piba del sueño

 Desde el ventanal que daba a la calle céntrica, el que tenía el nombre del bar fileteado en amarillo y rojo, ya desgastado por el paso de los años, podía verse el andar de la gente. 

Alejandro y Walter estaban en la mesa pegada al vidrio, con el latido de la ciudad de fondo.

La aceituna no se dejaba atrapar, para bronca de Walter, que trataba en vano de clavarle el escarbadientes. Alejandro lo miraba impasible, sin meterse, porque era la última. La de la vergüenza. Y no sabía si por costumbre de pibe, o vaya a saber de dónde, siempre que quedaba algo en soledad, lo dejaba para el otro. 

— Anoche soñé de nuevo con esa piba — dijo Alejandro. Walter levantó un solo ojo debajo de la tupida ceja. 

— ¿Cuál? - preguntó Walter - ¿La que te pareció ver en el parque la otra tarde? ¿La rubiecita, que iba con nosotros a la primaria?

— Si, esa. No la vi, lo soñé. Soñé que me la encontraba en un parque. 

— Es lo mismo. 

—- No, no es lo mismo. Si la hubiese visto, entendería por qué la sueño. Pero hace treinta años que no la veo y de repente la tengo presente.

— Te la llevaste dos veces a la cama — Walter soltó una risotada, mientras le hacía seña al mozo para que trajera dos cervezas más. 

— Le pregunté a mi tía Matilde…

— ¿La bruja?

— No es bruja, tira el tarot.

— Es lo mismo. 

— No, no es lo mismo. La llamé esta mañana y le conté. Ella es muy bicha con estas cosas. ¿Y sabés qué me dijo?

— Y no, la adivina es ella. 

— Que seguro es algo pendiente y sacó una baraja del mazo, en videollamada, así yo veía y salió un Arcano, la de Los Amantes, invertida. 

— ¡La piba es ahora un hombre!

— Por lo que cree que algo no se concretó en su tiempo, que quizá tendríamos que haber sido novios o algo de eso, y ahora mi mente me lleva a ese momento, tratando de hacerme dar cuenta que ella podría ser el amor de mi vida.

— Alejandro, teníamos diez, once años. A lo sumo se daban un beso, le tocabas el culo en la fila, pero de ahí a ser el amor de tu vida… vamos. Hasta que no me diga los números del Quini 6, no le creo un pito a tu tía Matilde.

—- Tengo que encontrarla, Walter. Es una señal.

— No te acordás ni como se llamaba.

— Puedo ir a la escuela, buscar en los archivos, quizá en algún cuaderno viejo. Alguna maestra jubilada por ahí mantenga contacto, quizá…

— Basta Ale.

— Mi vieja guarda las fotos de cada curso, y detrás las firmábamos, así que en alguna tiene que estar el nombre de la chica. Mañana voy a buscarlas.

— Basta.

— ¿Basta con qué? Si todavía no empecé.

— Con engañarte. Se acerca agosto y cada año lo mismo. Yo sé que hacés todo el esfuerzo del mundo por olvidarte, pero hay algo ahí dentro de su cabezota que no funciona bien. Y la bruja de tu tía no es capaz de decirte la verdad, y tu vieja, mucho menos. Y vos, vas a seguir buscándola, como cada año, desde hace treinta años. 

— Pero, ¿qué decís, Walter?

— ¡Qué está muerta! ¡Lara está muerta! La mató el puto colectivo de la escuela, cuando estaba cruzando delante tuyo. Jamás te gustó Lara, Ale. Hasta ese día. Y cada año, querés que vuelva. Y cada año trato de persuadirte de la idea. Los demás te dejan escarbar en el pasado, creyendo que eso te hace bien. Dejala ir. 

— Mirá qué decir tremendas barbaridades… ella… la voy a encontrar, y vas a tener que tragarte todas esas estupideces que dijiste.

— Tenés que superarlo. Hace treinta años que cargás con lo mismo. 

— No es cierto, mañana voy a ir de mi vieja y voy a buscar esas fotos.

— Sabés que no.

— Claro que las voy a buscar.

— ¿Y cómo vas a salir de acá? Hace años que no te dan un pase de salida.

— Pago y me voy, ¿cómo querés que haga?

Walter volvió a llamar al hombre que iba y venía por el recinto. Alejandro observó cómo el chopp con cerveza era en realidad un vaso plástico. Giró hacia la ventana y al ciudad no estaba. En su lugar, un patio amplio, con bancos de plaza y algunos árboles. Tampoco había fileteado alguno en el vidrio. Ni platitos con aceitunas, ni restos de una picada. Su amigo vestía de calle, pero él llevaba puesta una bata celeste.

— Ale, mañana o pasado vuelvo. Sacate esa idea de la cabeza. O nunca vas a poder salir de acá. 

El enfermero vino a buscarlo. Era hora de volver a la pieza. Instintivamente se llevó la mano al bolsillo. Suspiró aliviado. Al menos, no tenía que pagar la cuenta. Se había olvidado la billetera en alguna parte.


16 de septiembre de 2020

Voces

 Aún hoy me estremezco de solo pensar en aquellos años. El terror nocturno que me atormentaba, que hacía lo que quería con mi psiquis. Fueron años de lucha en silencio, de fingir actuar con normalidad, de aparentar ser un niño como cualquier otro. Esa necesidad imperiosa de arrancar las voces de mi cabeza, de decirles basta, de poder adueñarme de mis actos…

No recuerdo cuando comenzó, solo sé que estaba allí, latente. Era una voz interna que me demandaba cosas. Tocar las cosas dos veces, mirar a cada instante detrás de la cama, pisar siempre primero con el pie derecho, y la lista era interminable. 

Sentía mucho miedo, porque temía que tarde o temprano esas demandas fueran aumentando en el grado de dificultad. Rogaba internamente que no sucediera. Y al mismo tiempo, me asustaba pensar que sabía mi temor y que se aprovecharía de él. 

Me costaba mucho dormir, las voces no paraban de murmurar todo el tiempo. Eran frases ininteligibles, que parecían plegarias en un idioma que desconocía. Una noche otras voces llamaron mi atención. No las internas, sino otras que provenían desde la calle. Mi ventana daba a la parte de adelante de la casa y con asomarme, tenía un panorama de mi vereda, la calle y la cuadra de enfrente.

Cerca de un árbol, un grupo de jóvenes fumaba tranquilamente, mientras conversaban en un tono no demasiado alto, pero que llegaba hasta mis oídos. Los observé unos minutos, tratando de no mover la cortina. Quería saber qué hacían, cuando la otra voz, la interior, despertó. Es difícil explicar cómo la escuchaba. No me hablaba de manera directa, no eran órdenes las que dictaba, sino que lo que quería, de alguna manera, se metía en mi cerebro, como si enviara un comando.

La orden era muy clara. Salir a la calle e ir hasta donde estaban esos jóvenes. ¡Era ridículo! Tenía nueve años, ¿cómo iba a salir solo afuera, en medio de la noche? Mis padres escucharían, no sabría cómo abrir la puerta, había mil obstáculos para poder cumplir lo que la voz quería. 

Pero de alguna manera, la voz se las ingeniaba para convencerme. Una sensación de angustia y opresión se apoderaba de mi cuerpo. Sentía ganas de llorar. La única manera de superar ese estado, era haciéndole caso a lo que pedía. 

Me cambié en silencio, tratando de no hacer ningún ruido. En la cama de al lado dormía mi hermanito menor, pero a mi favor tenía que su sueño era muy profundo. Me calcé las zapatillas, me puse el pantalón y caminé muy despacio hasta la puerta, que estaba entornada. La abrí apenas y salí al pasillo. Me dirigí hacia la puerta, pasando por delante de la habitación de mis padres. Los vi durmiendo, bajo las sábanas. Estaba yendo hacia la puerta de la calle, cuando la voz me pidió un detalle más. Cambié el rumbo hacia la cocina y busqué una cuchilla. Era enorme, pesada, pero pude agarrarla con firmeza con las dos manos.

Volví al pasillo, rumbo a la salida. Llegué a la puerta de la calle y traté de abrirla. Estaba cerrada con llave. Busqué con la mirada y no la vi por ningún lado. Me giré para buscarla en la habitación que papá usaba de oficina cuando la vi de pie delante de mí.

Era mamá, que se había levantado al escuchar mis pasos deambulando. Sus ojos miraban fijamente, incrédula, la cuchilla que llevaba en mis manos. Me la quitó con las manos temblorosas y luego, me largué a llorar. La voz ya no estaba, solo quedaba el desconsuelo y la imposibilidad de contarle a ella lo que me estaba pasando. 

Nunca hablamos de lo sucedido, jamás. Hoy, en su lecho de muerte, me miró por última vez y creí adivinar en el brillo de sus ojos, una vieja preocupación aún latente en su corazón. Le besé la frente, como diciéndole que no se preocupara, que todo estaría bien.

Qué increíble que es el ser humano, qué increíble y complejo. No sé qué habría pasado en aquel entonces si la llave estuviese puesta en la puerta. Y no sé qué hubiese pasado si mamá, antes de morir, no me expresara con un solo gesto su temor de aquella noche. Sobre todo sabiendo que las voces volvieron sin ninguna razón hace una semana y ya van tres madrugadas seguidas que me sorprendo de camino a la habitación de los niños, cuchilla en mano.


13 de septiembre de 2020

El Cuervo

El póster estaba ahí, desde tiempos inmemoriales, o al menos, eso me decía de manera inexacta mi memoria. Cada vez que abría los ojos en la oscuridad, los ojos de ese poster me miraban, me seguían, me dejaban paralizado. Y aunque quería cerrarlos, no podía, porque si los cerraba, ese ser oscuro de rostro pálido se me arrojaría encima y vaya a saber que me haría, seguramente dejarme sin sangre o cortarme hasta que la sangre se derramara sobre toda la cama.

Lo había puesto mi hermano más grande, fascinado con esa película. La historia de un muchacho que es asesinado y vuelve del más allá para vengarse, gracias a la brujería o no se qué de un cuervo. Quiso hacérmela ver más de una vez, pero me negué. Bastante tenía con tener que observarlo cada noche. 

De más está decir que me sumió en pesadillas horribles y más de una vez terminé con la cama mojada, para decepción de mis padres que no podían comprender la razón de aquel retroceso. Mi hermano, creo, en el fondo sabía que la culpa era del póster de esa película.

Una vez, sonriendo, me dijo que era una película maldita. Que el  actor principal, que a su vez era el hijo de otro famoso actor, que también había sido un luchador de artes marciales muy famoso, lo habían matado en plena filmación. 

Mis ojos incrédulos le dieron motivos para darme más detalles. Que alguien le había puesto balas de verdad a una de las armas de utilería y que en una escena de disparos, una de esas balas lo había alcanzado. No podía salir de mi asombro. ¿La gente podía morir haciendo una película? Eso abría en mi cabeza un sinfín de interrogantes, sobre las películas con accidentes de autos, de guerra, con aviones que explotan en el aire. También me dijo que tuvieron que filmar las escenas que faltaban con dobles y tomas en las que solo se ve la sombra del personaje.

Pero a pesar de todo eso que me contó, que despertaban mi curiosidad, seguí negándome a ver la película. Un par de años más tarde, el póster, ya comido en algunos bordes por las polillas y esos bichitos de la humedad largos, grises, de mil patitas, fue reemplazado por otro que tenía a Kim Bassinger. Mi hermano había crecido y sus intereses ahora eran otros. Y debo confesar, que la llegada de la blonda fue también para mí un alivio enorme. Si bien, no la veía con los mismos ojos que la veía él, su presencia era un bálsamo de paz.

La primera noche con el póster en la pared, abrí los ojos, sobresaltado y al mirar hacia ese lado, allí estaba ella, imperturbable, hermosa, haciendo gala de su figura, sin generar ningún sentimiento de miedo, de pánico, ni nada, sobre mi persona. Hacía años que al despertar en la oscuridad, no tenía esa sensación de seguridad que por unos segundos me abrazó por completo.

Pero fue desviar la mirada apenas un poco hacia el otro lado, que mis músculos se estremecieron, los vellos de la piel se erizaron por completo  y mi cuerpo se paralizó por completo, al punto de no poder tragar saliva, respirar ni poder hacer nada, absolutamente nada. Sentado, al borde de la cama de mi hermano, que dormía plácidamente, estaba él, el Cuervo, mirándome con la cabeza ladeada, una sonrisa pueril en su rostro y el impacto de bala a la altura del corazón, aún chorreando sangre espesa. Se puso de pie lentamente, se acercó hasta el poster para mirarlo de cerca, sacó la lengua - una lengua negra, sucia - y la pasó de arriba abajo por el cuerpo de la hermosa Kim, sin dejar de mirarme de reojo, apreciando mi desconcierto y horror.

Me oriné y me cagué encima. Tras parpadear, el Cuervo ya no estaba. Pero si la humedad mugrienta que había dejado sobre el póster. Permanecí toda la noche sentado en la cama, con el fétido olor de mis necesidades aromatizando la habitación y la certeza, irremediable, que mi mente ya no era la misma, ni lo serían, de allí en más, las noches que tuviera por delante en mi vida.